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LUN, 14 SEPT 2026
Vida

Baño de bosque: la terapia japonesa que invita a bajar un cambio entre los árboles

Caminar sin apuro, sin teléfono y sin metas deportivas es la base de una práctica nacida en Japón en 1982. Qué dice la ciencia sobre sus efectos en el estrés y el cuerpo, y cómo replicarla aunque no haya un bosque cerca.

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Renata KowalskiSociedad · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

La primera vez que escuché la expresión "baño de bosque" fue de boca de Marta, una colega de 52 años que llegó a la redacción con una calma llamativa después de un fin de semana en las sierras. Me contó que se había ido sola, sin plan, y que volvió sintiéndose otra. Yo archivé el dato por curiosidad y por nada más, hasta que empecé a leer sobre el shinrin-yoku, una práctica japonesa con más de cuatro décadas de historia y un volumen creciente de estudios que intentan explicar por qué algo tan sencillo como caminar entre árboles puede modificar indicadores concretos del cuerpo.

En 1982, Japón atravesaba una etapa de fuerte transformación industrial y urbana. El estrés laboral crónico se había vuelto un problema de salud pública y las autoridades buscaban maneras de que la gente volviera a habitar los espacios naturales del país. De ese contexto nació el shinrin-yoku, un término que se traduce literalmente como "baño de bosque" y que en su origen fue, sobre todo, una política sanitaria.

De qué se trata, en concreto

  • Caminar lentamente por un entorno arbolado, sin reloj ni objetivo deportivo.
  • Dejar el teléfono en silencio o, mejor todavía, en el bolsillo.
  • Prestar atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira.
  • No hace falta un bosque denso: una plaza con árboles frondosos puede alcanzar.
  • Con media hora alcanza para empezar a percibir cambios, según los estudios revisados.

La propuesta es deliberadamente austera. No hay técnicas especiales, no hay mantras, no hay aplicación que descargarse. La idea es que el cuerpo se sumerja en el ambiente verde de la manera más silenciosa posible y deje de operar en modo alerta. Esa simpleza, que a primera vista parece casi ingenua, es lo que volvió al shinrin-yoku un objeto de investigación serio en universidades de Japón, Corea del Sur, Estados Unidos y Europa.

Qué midió la ciencia hasta ahora

Las investigaciones más consistentes registraron descensos en los niveles de cortisol, la hormona que se dispara ante el estrés; cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, esa rama del sistema nervioso que se activa cuando estamos en estado de alerta. También se exploró la posible influencia de los fitoncidas, compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico. Esa línea es la más prometedora y, al mismo tiempo, la que todavía no permite conclusiones definitivas.

Una de las hipótesis más aceptadas tiene que ver con la atención. La vida moderna exige una vigilancia constante: notificaciones, pantallas, decisiones encadenadas, estímulos que piden respuesta inmediata. El entorno forestal no pide nada de eso. Sin esa presión permanente, la atención pasa de un modo reactivo a uno más tranquilo, y eso podría explicar la sensación de claridad mental que muchas personas, como Marta, describen después de una caminata entre árboles.

Hay un dato importante que conviene tener presente: la mayoría de los estudios comparan el bosque con ambientes urbanos, de modo que no es posible aislar con exactitud cuánto del efecto proviene de los árboles en sí y cuánto de factores asociados, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o, simplemente, alejarse unas horas de las obligaciones habituales. Lo que sí parece sostenerse es una idea más amplia: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a técnicas o decisiones conscientes. Y durante la mayor parte de la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana, en cambio, es relativamente reciente en términos evolutivos.

Pensando en eso, decidí probarlo yo misma una tarde de semana, cerca del parque que tengo a pocas cuadras de casa. Saqué el teléfono del bolsillo, bajé un cambio y traté de mirar los árboles como si los viera por primera vez: las texturas de los troncos, el movimiento de las hojas, el ruido de fondo que normalmente tapamos con auriculares. No fue una experiencia mística ni transformadora, pero regresé a casa con una sensación rara, difícil de nombrar, como si me hubiera sacado de encima una capa de ruido que ya ni registraba. Probablemente a eso se refería Marta cuando me habló del baño de bosque: no a una cura, sino a un permiso para, durante un rato, dejar de exigirle tanto al cuerpo.

RK

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