Una capillita de madera escondida entre los coihues del lago Lácar, testigo silenciosa de los que vivieron del bosque
En la isla Santa Teresita, dentro del Parque Nacional Lanín, todavía se puede visitar el templo que levantaron los propios trabajadores del aserradero de la estancia Quechuquina en 1933. Solo se llega por agua, y la caminata entre árboles nativos bien vale la navegación.
Todavía me acuerdo de la primera vez que escuché hablar de la capillita de la isla Santa Teresita. Fue en una confitería de San Martín de los Andes, mientras esperaba que terminara de llover y mirando el lago Lácar como si fuera una pantalla de cine: gris, enorme, inquieto. Un vecino de unos cincuenta y tantos, Jorge, me dijo, mientras revolvía un café con leche, que en esa isla había una iglesia de madera que habían armado los hacheros del aserradero de la finca nacional. Me lo imaginé enseguida: un templo chico, rodeado de árboles enormes, con olor a bosque y a historia. Y acá estoy, varios meses después, intentando contarles de qué se trata.
Cómo se llega y cómo es la isla
El primer dato que tengo que darles es clave: a la isla Santa Teresita no se puede llegar caminando ni en auto. La única forma de visitarla es por agua, a través de excursiones lacustres que salen de San Martín de los Andes y que están debidamente autorizadas por la gente del Parque Nacional Lanín. No es un paseo improvisado: hay que subirse a una lancha o a una embarcación habilitada y navegar durante un buen rato por el lago Lácar hasta divisar la isla, que está en la margen norte del espejo de agua, al este de la Península Quechuquina. Un canal angosto, de unos 112 metros, es lo que separa a la isla de tierra firme. Cuando uno se acerca ya empieza a entender el lugar: las costas son rocosas y abruptas, no hay playas de arena donde bajar cómodo, sino paredones de piedra y vegetación que parece colgar sobre el agua.
La superficie no es enorme, pero alcanza para perderse un buen rato. Mide más o menos 250 metros de ancho por 375 de largo, y el bosque cubre cerca del 90 por ciento de esa superficie. Esa masa verde está compuesta por especies bien nuestras, patagónicas: coihues, cipreses, maquis y arrayanes. Es decir, uno se baja de la lancha y entra directamente en un bosque nativo, sin senderos urbanos ni nada que parezca demasiado ordenado.
La historia de la capilla de 1933
En medio de ese bosque se yergue la capilla Santa Teresita, una construcción de madera que para mí es el verdadero corazón de la visita. Fue levantada en 1933 por una razón muy concreta: los trabajadores del aserradero de la estancia Quechuquina necesitaban un lugar cercano donde poder participar de ceremonias religiosas. No había pueblo al lado ni iglesia a la vuelta; el trabajo en el monte era duro y las familias que vivían del oficio necesitaban un ámbito para juntarse, para rezar, para festejar. Así nació la capilla, y por eso me gusta decir que es una construcción comunitaria en el sentido más estricto de la palabra: cada familia puso lo que tenía.
- Los Raguzzi aportaron la madera para levantar el templo.
- La familia Van Dorsser se encargó de terminar la obra.
- Empleados del propio aserradero trabajaron en la construcción de manera voluntaria.
- Un carpintero municipal también se sumó con su oficio para que la capillita pudiera estar en pie.
Con el paso de los años, ese templo chico dejó de ser solo un lugar para los hacheros y se transformó en el corazón de la comunidad: allí se celebraron bautismos, se dijeron misas y hasta se casaron varias familias de la zona. Su función se fue ampliando mucho más allá del motivo original y pasó a acompañar las alegrías y las tristezas de todo el paraje. Hoy, además, la capillita integra el Camino de la Fe neuquino, un recorrido religioso que empieza en Ailinco y termina en Villa La Angostura, lo que le agrega una capa más de importancia simbólica dentro de la región.
Qué tener en cuenta antes de ir
Como les decía al principio, el acceso es exclusivamente por agua. Eso significa que conviene organizar la salida con operadores que estén autorizados por el Parque Nacional Lanín y que conozcan el canal angosto que separa a la isla de la Península Quechuquina, porque no se puede bajar en cualquier punto. También hay que tener presente que las costas son rocosas: no esperen encontrarse con arenas blancas ni con un muelle de película. El desembarco es sobre piedra y raíz, y la caminata posterior es entre bosque nativo, con el piso tapizado de hojas y, según la estación, bastante humedad. Pero justamente por eso el lugar conserva ese aire de naturaleza bravía que hace que la excursión valga la pena.
Me fui de aquella confitería de San Martín de los Andes con la imagen del lago gris en la cabeza y la promesa de venir a conocer la capillita. Hoy, mientras escribo esto, la sigo viendo como me la describió Jorge: una construcción de madera parada entre coihues, cipreses, maquis y arrayanes, pensada por y para los que vivían del bosque. Si alguna vez se dan una vuelta por San Martín de los Andes y tienen la chance de sacar una excursión a la isla Santa Teresita, háganlo: es una de esas combinaciones que en la Patagonia no abundan, naturaleza casi intacta e historia hecha con las manos de la gente del lugar.
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