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LUN, 14 SEPT 2026
Turismo

Pipa, el pueblo brasileño que nació de un barril y se quedó con once playas

A poco más de una hora de Natal, este balneario del Río Grande del Norte ofrece oleaje para surferos, delfines a tiro de vista y dunas que parecen otro país. Una guía con precios, accesos y claves para entender por qué sigue siendo chico aunque ya lo conozca todo el mundo.

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Tomás Aguirre CornejoTecnología · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

¿Te imaginás un pueblo de playa donde todavía conviven los pescadores con los turistas, sin que ninguno moleste al otro? Eso sigue pasando en Pipa, un balneario del nordeste brasileño que muchos argentinos empiezan a mirar con seriedad, sobre todo porque queda a tiro de piedra de Natal y los vuelos desde Buenos Aires son directos.

Antes de seguir, vale una aclaración geográfica que siempre confunde: Pipa no está en Río de Janeiro. Pertenece al estado de Río Grande del Norte, en la costa noreste, y desde la capital estadual hay alrededor de una hora y media en auto por ruta asfaltada. Es decir, es un viaje lógico para una semana de vacaciones sin andar cambiando de ciudad cada dos días.

Un nombre que viene de un barril, no de una pipa de fumar

El nombre tiene una explicación que a mí, particularmente, me arrancó una sonrisa cuando la escuché. Cuando los portugueses llegaron a esta costa en el siglo XVII, divisaron desde el mar un acantilado con forma curva. Les recordó a los barriles de madera que cargaban en sus barcos. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso: barril. Con los siglos, la palabra se quedó como nombre del pueblo y terminó bautizando toda la comarca.

Once playas, once caracteres distintos

Lo que distingue a Pipa de otros destinos masivos del Brasil es que el pueblo no creció sobre una sola playa larga, sino sobre once. Cada una tiene su propio perfil y por eso conviene no quedarse en la primera: en un par de días podés pasar de un mar bravo para surfear a una poza calma donde los chicos se meten sin que nadie les diga nada.

  • Praia do Amor: la más fotografiada, porque vista desde arriba del acantilado dibuja una silueta de corazón. El oleaje es el más intenso del pueblo y es la elegida por los surferos. Se baja por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o se camina por la arena cuando el mar se retira.
  • Praia do Centro: la versión tranquila. Aguas calmas, pozas naturales que aparecen con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen faenando al lado de los turistas.
  • Baía dos Golfinhos: los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se los ve sin contratar excursión ni guía, a ojo desnudo y con un poco de paciencia.
  • Dunas cruzando el río: del otro lado de la balsa hacia Tibau do Sul aparece otro paisaje, con médanos, cajueiros y playas casi desconocidas como Malembá, Barreta y Camurupim.

Sobre las excursiones, un dato concreto que sirve para no pagar de más: el paseo en buggy por el costado de las dunas arranca en 85 dólares por vehículo (hasta cuatro personas) y la versión de día completo ronda los 110. El ferry para cruzar el río suma unos 2 dólares por persona, una cifra simbólica.

Cuánto cuesta dormir y cómo es la gastronomía

Para los argentinos que están haciendo cuentas con el dólar en la cabeza, los precios de alojamiento son bastante razonables: en alojamientos más sencillos se consiguen habitaciones desde 50 dólares la noche, mientras que en temporada alta los valores trepan hasta los 400 dólares en los establecimientos más completos. Como en cualquier destino de playa, la diferencia entre temporada baja y alta es notable.

La gastronomía tiene un ritmo que conviene entender antes de llegar: la mayoría de los locales abre recién a media tarde, reservando la mañana para el mar. Por eso la avenida Baía dos Golfinhos se llena de mesas al aire libre y música en vivo cuando cae el sol. El plato de referencia es la moqueca, un guiso de pescado que identifica a la cocina potiguar, como se conoce a la del estado de Río Grande del Norte. Es comida pensada para compartir, no para comer de apuro.

Al final, lo que termina convenciendo a cualquiera que duda es la combinación: un pueblo chico, once playas con perfiles distintos, delfines que se acercan solos y un acceso razonable desde Buenos Aires. Para el usuario común que quiere salir del circuito clásico y al mismo tiempo no complicarse con conexiones, Pipa se está convirtiendo en una de las opciones más serias del mapa turístico brasileño.

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