Medicamentos para la obesidad: qué hacen en el cuerpo y por qué no alcanza con tomarlos y nada más
Pilar Quevedo, jefa de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA, détaille cómo trabajan la semaglutida y la tirzepatida, por qué la dosis se sube de a poco y qué controles son indispensables para que el tratamiento funcione sin sorpresas.
Llegué al Hospital de Clínicas de la UBA una mañana cualquiera, con el grabador cargado y la idea de que iba a encontrarme con una charla técnica sobre drogas de moda. Me terminó abriendo la puerta Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo, y en cinco minutos me quedó claro que la conversación iba por otro lado: la obesidad, me dijo, es una enfermedad, no un defecto de carácter, y los medicamentos que hoy están en boca de todos son una herramienta, no una solución mágica. Esa idea, simple pero incómoda, ordena todo lo que vino después.
Quevedo, de 56 años, recibe pacientes que llegan al consultorio con un historial parecido: hambre difícil de saciar, picoteo entre comidas, intentos de dieta que empiezan y se cortan, y la sensación persistente de que algo en el cuerpo no responde a la fuerza de voluntad. "Eso que nos cuentan no es falta de compromiso, es parte de una enfermedad multifactorial", resume la médica. Por eso, antes de hablar de fármacos, en el Hospital de Clínicas la primera parada siempre es una evaluación clínica completa.
Qué hacen la semaglutida y la tirzepatida
La explicación que dio Quevedo es bastante clara una vez que uno se saca de la cabeza la idea de "pastilla para adelgazar". Estos medicamentos reproducen señales que el intestino produce de manera natural y que viajan hasta otros órganos. La semaglutida imita la acción de una de esas hormonas, mientras que la tirzepatida va un paso más allá y actúa sobre dos vías complementarias. En los dos casos, el efecto se nota en tres frentes: se regula el apetito, aparece antes la sensación de saciedad y mejora el control metabólico vinculado a la diabetes.
“La obesidad es una enfermedad multifactorial. El hambre intensa, la dificultad para sentirse satisfecho y el picoteo entre comidas no se explican solamente por la voluntad individual.”Pilar Quevedo, jefa de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
- La evaluación médica previa incluye análisis clínicos y revisión de antecedentes personales y familiares.
- La dosis se sube de manera progresiva, en un proceso que los especialistas llaman titulación, para minimizar efectos adversos.
- Se controla de forma periódica la respuesta al tratamiento, la composición corporal y la preservación de la masa muscular.
- El plan contempla alimentación, hidratación, descanso, actividad física y acompañamiento profesional.
- El entorno familiar y laboral se tiene en cuenta al momento de organizar los cambios de hábitos.
- Al suspender la medicación puede haber recuperación de peso si no se sostiene una estrategia integral.
Por qué la dieta y el ejercicio no se negocian
Lo que más me llamó la atención, y se lo hice notar a Quevedo, es que en ningún momento de la entrevista la especialista planteó el medicamento como un atajo. Muy por el contrario, insistió en que sin cambios de hábitos el resultado se cae. La alimentación, la hidratación, el descanso y la actividad física no son un complemento decorativo: son parte del tratamiento. Y acá entra un detalle que suele quedar afuera de las conversaciones de café: el tipo de ejercicio importa. El trabajo de fuerza ayuda a preservar músculo mientras se pierde grasa, y el cardiovascular suma a la salud metabólica. El plan, entonces, se ajusta a la edad, a las posibilidades y al contexto de cada paciente.
También me advirtió sobre un punto clave: cuando se baja de peso, el cuerpo tiende a activar mecanismos para recuperar lo perdido. Es un comportamiento que la medicina conoce bien y que explica por qué tantas personas recuperan los kilos que tanto les costó bajar. Los fármacos, justamente, ayudan a sostener el descenso durante el tiempo que el equipo médico indique. Pero al dejarlos, y si no hay una estrategia integral que los acompañe, puede aparecer una recurrencia. Por eso el seguimiento no se limita a las primeras semanas: los resultados se evalúan a lo largo del tiempo y se ajustan las dosis o el plan según cómo evolucione cada paciente.
Salí del hospital con la misma grabadora cargada pero con una mirada distinta. La escena que vi al entrar —el pasillo, los consultorios, la gente esperando su turno— seguía ahí, igual que antes. Lo que cambió fue lo que entendí: para Quevedo y su equipo, cada persona que llega con un pedido de medicamento para la obesidad merece, como mínimo, la misma seriedad con la que se trata cualquier otra enfermedad crónica. Y eso, en un país donde las publicidades prometen milagros y las dietas mágicas son un clásico, todavía suena casi como una pequeña revolución.
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