Levantarse de una silla sin ayuda: la rutina de tres movimientos que puede cambiar la autonomía después de los 60
Una entrenadora con décadas de experiencia propone una secuencia breve, sin pesas y sin gimnasio, para trabajar piernas, brazos y abdomen. Los detalles de cada ejercicio, las variantes según el estado físico y por qué apuntar a la fuerza y el equilibrio antes de que empiecen a fallar.
Vi a mi vecina María, de 68 años, apoyarse en la mesada de la cocina durante un buen rato antes de animarse a sentarse en una silla del comedor. No se había caído ni se sentía mal: simplemente, dijo, le costaba cada vez más confiar en que sus piernas iban a responder. La escena me quedó dando vueltas y, cuando me crucé con esta rutina de tres movimientos diseñada por Denise Austin, una entrenadora con décadas de trayectoria en fitness, me pareció que estaba hecha a la medida de ese momento que tantas personas mayores atraviesan sin darle demasiada importancia.
La propuesta es simple y apunta directo a lo que sostiene la autonomía cotidiana: la fuerza de piernas y glúteos, la capacidad de empuje de brazos y hombros y la firmeza del abdomen, ese corsé interno que protege la espalda y mantiene la postura. No requiere gimnasio, ni pesas, ni elementos raros: alcanza con una silla firme o una superficie elevada como una mesa, un banco firme o el brazo de un sillón. Y lo más interesante es que replica, en formato de ejercicio, los gestos que uno repite decenas de veces por día sin pensarlo.
Por qué conviene entrenar lo que parece automático
Levantarse de una silla sin apoyarse, mantener el equilibrio al caminar o, llegado el caso, incorporarse desde el piso son acciones que durante mucho tiempo ocurren en piloto automático. La pérdida de fuerza muscular, de movilidad articular y de estabilidad llega de manera gradual, casi silenciosa, y muchas veces se nota recién cuando esas tareas empiezan a costar. Trabajar esos tres aspectos antes de que la autonomía se vea comprometida es el corazón de esta rutina, que se hace en casa, sin inversión ni traslados.
- Toques de glúteo frente a una silla: pararse con los pies al ancho de las caderas, bajar como si uno fuera a sentarse con la espalda recta y los brazos extendidos al frente, tocar apenas el asiento con los glúteos y volver a pararse. Trabaja piernas y glúteos, la base de la estabilidad. Se puede graduar desde apoyarse por completo hasta apenas rozar la silla.
- Flexiones elevadas sobre una superficie alta como una mesa, un banco o el brazo de un sofá: manos al ancho de los hombros, codos flexionados para acercar el pecho al apoyo y vuelta a la posición inicial estirando los brazos, con el abdomen activo todo el tiempo. Refuerza pecho, hombros y brazos, y mejora la capacidad de empuje, clave para impulsarse desde una silla o recuperar el equilibrio.
- Vacío abdominal más abdominales en V sentado en una silla: torso recostado unos 45 grados, pies despegados del suelo con rodillas flexionadas y manos apoyadas al costado de las caderas. Se acercan las rodillas al pecho mientras el torso avanza y después se estiran las piernas hacia adelante mientras el tronco vuelve a inclinarse. La recomendación es hacer 20 repeticiones y sostener la posición final 20 segundos. Trabaja abdomen y core, con impacto directo en postura, protección de la espalda y coordinación.
La clave de los toques de glúteo está en que replican uno de los movimientos más frecuentes del día, sentarse y pararse, y por eso el entrenamiento se traduce rápido en gestos de la vida diaria. En el caso de las flexiones elevadas, la variante sobre una superficie alta permite trabajar empuje sin la exigencia de una flexión en el piso, algo que para muchas personas mayores resulta incómodo o directamente imposible. Y el trabajo de abdomen en la silla apunta a algo que suele olvidarse: un core firme es lo que sostiene la espalda, ayuda a mantener el tronco erguido y mejora la coordinación general.
Una rutina que se adapta a cada cuerpo
Lo que más me gustó de la propuesta es que ninguno de los tres ejercicios es rígido: el primero puede ir desde apoyarse completamente hasta apenas rozar el asiento, según cómo esté el cuerpo ese día. Las flexiones se regulan con la altura de la superficie, y el trabajo abdominal en la silla se dosifica con la cantidad de repeticiones. Esa flexibilidad es la que permite sostener la constancia, que en los entrenamientos después de los 60 suele ser más importante que la intensidad. Un ratito por día, con una silla y algo de voluntad, parece poco, pero apunta exactamente a las funciones que permiten seguir haciendo cosas solo.
Cuando volví a cruzármela en el pasillo, mi vecina María ya estaba parada otra vez, lista para bajar al kiosco. No sé si va a probar la rutina ni si esta nota le llega a servir, pero la imagen me quedó asociada a la idea de que, a veces, la diferencia entre depender y arreglárselas solo empieza en una silla de la cocina y en unos minutos por día de movimiento.
Las claves para tener a mano
- Sirve una silla firme y, si hace falta, una mesa, un banco resistente o el brazo de un sofá como apoyo.
- Los ejercicios trabajan juntos piernas, brazos y abdomen: las tres patas de la autonomía.
- La intensidad se gradúa en cada movimiento, desde una versión más suave hasta una más exigente, según el estado físico del día.
- La constancia, pocos minutos por jornada, suele rendir más que sesiones largas y espaciadas.
Antes de empezar cualquier rutina nueva, sobre todo después de los 60 y si hay antecedentes de problemas articulares, cardíacos o de equilibrio, lo razonable es una charla con el médico de cabecera. Esa visita no reemplaza al movimiento, pero ayuda a empezarlo con más tranquilidad y, sobre todo, con la seguridad de que el cuerpo está en condiciones de bancarlo.
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