Puchero, el perro que se ganó una patrulla en bicicleta por las calles de Neuquén
Tiene unos doce años, duerme en su propio colchón en la Comisaría Primera y cada mañana espera en la puerta la salida de los bicipolicías. Nadie lo trajo: apareció una mañana y nunca más se fue. Hoy toda la fuerza lo conoce y los vecinos se detienen a sacarle fotos.
Lo vi por primera vez una mañana cualquiera de esta semana, en la esquina de Ministro González y Mendoza, en pleno centro de Neuquén. Ahí, parado junto a una bicicleta institucional, con un chaleco celeste que le cruzaba el lomo y una tranquilidad impropia de cualquier perro callejero, estaba Puchero. Un agente le acarició la cabeza antes de subir al rodado y el animal, como si entendiera que el turno estaba por empezar, se sacudió el polvo con dos movimientos secos y se puso en marcha. Enseguida quedó claro que no seguía a cualquiera: seguía al bicipolicía de turno, a paso constante, como quien tiene un recorrido memorizado desde hace años.
Porque Puchero, según cuentan en la Comisaría Primera, lleva más de una década haciendo exactamente eso: patrullar. No hay un acta que lo haya nombrado miembro de la fuerza, no hay un legajo con su foto, no hay una resolución firmada por un jefe policial que haya dispuesto su incorporación. Un día apareció por la seccional y decidió quedarse. Con el tiempo se hizo querer, se ganó una cama propia, vacunas al día y un lugar en la rutina diaria de los agentes que salen a cubrir la ciudad en bicicleta.
Una patrulla con pedales y un pasajero de cuatro patas
La modalidad de los bicipolicías en Neuquén no nació con Puchero, sino bastante antes. Empezó en el año 2000, por iniciativa del entonces comisario Mario Barros, que junto a un grupo de agentes de Cutral Co decidió cubrir el territorio sobre dos ruedas. Con los años la iniciativa se extendió a la capital provincial y hoy es una de las caras más visibles del patrullaje urbano. Puchero, que llegó mucho después, se acopló a la rutina sin que nadie se lo pidiera. Cuando arranca el turno, ya está en la puerta esperándolos.
“Aparte de ser un compañero, es el primero que está listo para salir a hacer las tareas de prevención. Cuando pedaleamos siempre hacemos una parada fija para no cansarlo demasiado.”Nemesio Lagos, agente de la fuerza con nueve años de servicio
Lo dijo Nemesio Lagos, que conoce al perro desde su primer día en la dependencia. Tiene claro que Puchero ya no es un cachorro: la agente Aldana Campos, con tres años en la seccional, calcula que ronda los doce años, quizá alguno más. Aun así, los controles veterinarios están al día y come en los distintos destacamentos gracias a los aportes del propio personal. La edad, dicen, no le quitó ganas: sigue saliendo, sigue trotando al costado de las bicis y sigue durmiendo cada noche en su colchón, en un rincón de la comisaría.
Un chaleco con mensaje y una fama que crece
Sobre el torso lleva un chaleco impermeable con la leyenda "No me lo robes... yo también tengo frío", cosido por integrantes de la agrupación Patas Unidas Neuquén. La imagen se viralizó en redes y cada vez más transeúntes se detienen a fotografiarlo cuando lo cruzan por la calle, sobre todo en la zona del hipermercado Jumbo, en el corredor este-oeste y en los alrededores de la Comisaría Segunda. Muchos, al verlo, asumen que está buscando un hogar. Están equivocados: Puchero ya tiene hogar, y hace mucho.
En la calle, Puchero combina dos cosas que no suelen ir juntas: calma y atención. Con otros perros se muestra indiferente, y si alguno lo provoca, lo ignora. En los procedimientos, si la situación se tensa, ladra para alertar, pero no pasa de ahí. Se da cuenta enseguida de lo que pasa alrededor, describió Campos, y por eso los agentes confían en que su presencia no genera disturbios sino todo lo contrario. Algunos días aparece incluso por la División Motorizada, como si llevara un control de presencia propio, y siempre encuentra dónde descansar: toda la fuerza lo reconoce.
Hubo intentos de adoptarlo. Hubo vecinos que se acercaron a preguntar y más de un agente que lo pensó. Pero Puchero nunca aceptó irse. Lo quisieron adoptar, pero no pasó nada, se quedó en la jefatura. Ya es de acá, resume Campos, con esa mezcla de resignación y cariño que suelen tener en la voz los que conviven hace años con un animal que eligió quedarse. Lo de Puchero, me queda claro mientras lo veo alejarse trotando detrás de una bicicleta institucional, no es la historia de un perro que encontró una casa: es la historia de un perro que se construyó un trabajo, una rutina y un lugar en una ciudad entera. Y que, a juzgar por cómo lo miran los agentes y los vecinos que se cruzan en la vereda, no tiene ninguna intención de renunciar a nada de eso.
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