La secuela de "Prácticamente magia" deja la puerta abierta a una tercera parte, pero sin apuro
La nueva entrega resuelve la maldición de las hermanas Owen y el conflicto con Tom Bailey, aunque varios arcos quedan a mitad de camino. ¿Volveremos a ver a las tías hechiceras en una tercera película?
A veces el diablo sabe por diablo, pero sabe más por viejo. Eso deben haber pensado en algún momento Nicole Kidman y Sandra Bullock cuando se sentaron a rodar la segunda parte de "Prácticamente magia", casi treinta años después de la original. Porque miren lo que son las cosas: la película de 1998 encontró una nueva vida en las plataformas de streaming, y una generación que ni había nacido cuando se estrenó la descubrió de grande. Con ese público extra bajo el brazo, la secuela llegó con todo (o casi todo) lo que una puede pedirle al regreso de unas tías hechiceras: las hermanas Owen de vuelta, un villano nuevo y hasta un desenlace que cierra el conflicto central de la familia. Lo que no tiene, y eso ya es marca registrada del Hollywood de los últimos tiempos, es un final cerrado de verdad.
Qué se resuelve y qué se cocina para una posible tercera
El motor del conflicto de esta segunda parte es Tom Bailey, un pariente lejano que aparece sin poderes mágicos pero con bastante mala leche: quiere apoderarse del libro de hechizos para cobrar cuentas pendientes. El plan le sale como le tiene que salir a alguien que se mete con las Owen: las hermanas lo neutralizan con un conjuro colectivo, y a otra cosa.
Mientras tanto, en paralelo, la trama más cargada se cocina en Massachusetts. Ahí, Frances descubre que la única forma de romper la maldición que pesa sobre las mujeres de su familia (una condena que manda al otro barrio a los hombres que aman) es con un sacrificio personal. Frances lo hace, y la movida tiene su recompensa: Gideon, el novio de Kylie que estaba en coma, despierta. Milagro, dirían en el pueblo. Hechicería, dirían las Owen.
Después del sacudón, la película entra en modo reconstrucción. Las dos jóvenes de la familia empiezan a desarrollar sus propios poderes, Kylie se casa con Gideon y Sally retoma su vida sentimental con Ian, un personaje nuevo que aparece en esta entrega como caído del cielo (o del guion). La historia cierra sin escena poscréditos, dato clave para los que se quedan hasta el final de la butaca.
Pero claro, no todo es color de rosa. Hay hilos que la película no se molesta en atar: el arco de Gillian no termina de cerrarse del todo, y las más jóvenes de la familia apenas empiezan a tantear qué van a hacer con su herencia mágica. Incluye, ojo, el futuro del negocio familiar que las identifica. No es un cliffhanger explícito, ojo, pero es lo suficientemente sugestivo como para mantener viva la conversación sobre una tercera parte que, claro, todavía nadie confirmó ni desmintió.
Mi recomendación (sin vueltas)
¿Hay que ver la segunda parte? Si la original les sacó aunque sea una sonrisa, pasen por el cine o busquen la reposición y dense el gusto. ¿Tiene que haber una tercera? Mire, si la hacen, la miramos. Y si no, también. Mientras tanto, lo que queda es esto: una secela correcta, que cumple con el trabajo de devolver a las Owen a la pantalla y dejar la puerta entreabierta. Como el final de una sobremesa de domingo, cuando alguien dice "yo pongo la pava" y nadie se mueve.
“La primera entrega encontró una segunda vida gracias a plataformas de streaming, donde una nueva generación de espectadores la descubrió décadas después de su estreno en 1998.”Inés Maldonado, Cultura y espectáculos
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