A remar se ha dicho: la laguna Setúbal vista desde un kayak, con guía y sin que nadie se caiga al agua
La empresa familiar Setúbal Kayak's propone salidas para todos los niveles desde Arroyo Leyes: paseos cortos bajo el puente colgante, travesías largas por el Delta Superior con bondiola isleña de almuerzo y un lago artificial donde los más chicos pueden meter la paleta sin pasar sobresaltos.
Confieso que cada vez que escucho la palabra kayak me imagino a un tipo con chaleco salvavidas último modelo y cara de avezado navegante. spoiler: no es la realidad en Arroyo Leyes, donde la familia Busaniche te presta la embarcación, te explica cómo no meterla en una zanja y te manda al agua con la prudencia de quien sabe que del otro lado hay un cliente, no un atleta olímpico.
La laguna Setúbal no es un charco con pretensiones: son 32 kilómetros cuadrados de espejo que se estiran desde los arroyos Aguiar y Leyes hasta el Canal de Acceso del puerto santafesino. Recibe agua que baja desde Brasil, se tiñe con el rojo del Bermejo y le mete sal a la mezcla gracias a los arroyos Saladillo Dulce y Saladillo Amargo. Traducido: un cuerpo de agua con personalidad propia, nutrientes de sobra y una biodiversidad que no se parece a ningún otro tramo del litoral.
Tres formatos para niveles de coraje
- Salidas cortas: cerca de la costa urbana, con el puente colgante de fondo y la ciudad haciendo de marco. Ideal para los que quieren la foto y volver a almorzar a casa.
- Jornadas largas: arrancan temprano, terminan al atarde-cer y se meten de lleno en el Delta Superior, donde la laguna se fragmenta en cientos de cauces menores. El premio mayor: bondiola isleña desmechada en el medio de la travesía.
- Lago artificial: aguas calmas formadas por el refulado de tierra en barrios vecinos. El patio de juegos perfecto para chicos y para todo aquel que nunca se subió a un kayak en su nombre.
Antes de cada salida hay briefing, y no es un detalle menor: en tierra se advierte sobre víboras y fauna en los senderos; en el agua, sobre las corrientes más intensas al ingresar a ríos internos y los camalotes que a veces bloquean arroyos menores y obligan a rodear o caminar por barrancas barrosas (sí, barro hasta las rodillas, sí, parte de la experiencia).
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