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JUE, 17 SEPT 2026
Vida

Volver después de la pausa: qué le pasa al cuerpo cuando se cortan dos semanas de entrenamiento

La resistencia se cae antes que la fuerza, según explicó un especialista en medicina deportiva consultado por este portal. Entrenadores y científicos coinciden en que la clave está en retomar con paciencia y sin apurarse.

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Renata KowalskiSociedad · 17 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Lo vi con mis propios ojos la semana pasada, cuando entré al gimnasio después de casi quince días sin pisarlo por culpa de una gripe que me dejó afuera de combate. Me anudé las zapatillas, me miré al espejo y largué la primera serie de sentadillas como si nada. Error. A los veinte minutos estaba agitado como si hubiera corrido una maratón y con las piernas temblando de una manera que ya había olvidado. La pregunta que me perseguía desde ese día era inevitable: ¿se pierde todo lo que uno construyó con meses de constancia cuando se corta por unas semanas? La respuesta, me tranquiliza saber ahora, es que no. Pero tampoco es gratis.

Para entender qué pasa cuando uno deja de entrenar por un viaje, una enfermedad o, simplemente, porque la vida se complica, hablé con Jesse Shaw, profesor de medicina deportiva en la Universidad de Western States, y con Andy Stern, entrenador personal con años de experiencia acompañando a personas que vuelven al ruedo después de pausas forzadas. Lo que me contaron me ordenó la cabeza y, de paso, me sacó un par de culpas de encima.

La resistencia se va primero, la fuerza se queda un poco más

Shaw lo dijo con una claridad que a mí me hubiera gustado escuchar antes de mi serie de sentadillas: las adaptaciones que genera el entrenamiento no se borran al mismo ritmo. La capacidad aeróbica, esa que nos permite correr, pedalear o mantener un esfuerzo prolongado sin quedar al borde del colapso, es mucho más sensible a la inactividad que la fuerza muscular.

En la práctica, esto significa que alrededor de las dos semanas de pausa puede empezar a notarse una baja en la función cardiopulmonar. Al salir a correr o subirse a la bici, el cuerpo lo traduce como una dificultad mayor para sostener el ritmo, una frecuencia cardíaca que sube más rápido de lo esperado o esa sensación clásica de quedarse sin aire antes de tiempo. La fuerza, en cambio, suele mostrar una disminución recién después de tres a cuatro semanas de suspensión completa del ejercicio, siempre según lo que me explicó Shaw.

  • La resistencia cardiovascular empieza a caer cerca de las dos semanas sin actividad.
  • La fuerza muscular suele mantenerse entre tres y cuatro semanas sin entrenar.
  • La capacidad aeróbica perdida se traduce en más esfuerzo y más frecuencia cardíaca al volver.
  • La masa muscular se preserva mejor con un consumo adecuado de proteínas durante la pausa.

No todos los cuerpos responden igual

Acá viene un dato que me pareció clave y que a veces se pierde en las generalidades: los plazos que mencionó Shaw no funcionan de la misma manera para cualquier persona. La edad y, sobre todo, los años acumulados de entrenamiento hacen una diferencia enorme. Quienes llevan una trayectoria más larga de actividad tienden a conservar mejor sus adaptaciones, como si el cuerpo tuviera una memoria más fiel de lo que supo hacer.

Además, el especialista deslizó un detalle que me hizo pensar en mi propio padre, que tiene más de sesenta años y nunca pisó un gimnasio pero sigue cargando bolsas y moviéndose todo el día: las tareas cotidianas y el trabajo manual pueden demorar la aparición de pérdidas relevantes de fuerza, a diferencia de lo que ocurre con alguien que queda postrado en una cama. El movimiento, por más mínimo que parezca, cuenta.

Durante la interrupción, Shaw hizo hincapié en algo que suele caer en el olvido: mantener un consumo adecuado de proteínas ayuda a conservar la masa muscular. No se trata de volverse loco con suplementos ni de medir cada gramo de pollo, sino de no abandonar la alimentación que uno venía sosteniendo mientras entrenaba.

Stern, por su parte, me propuso una estrategia muy concreta para los días de pausa: sumar movimiento suave y, cuando sea posible, reproducir los movimientos habituales del entrenamiento con una exigencia menor. Caminar un poco más, hacer elongaciones, movilizar las articulaciones. La idea es no regalarle al cuerpo la excusa perfecta para olvidarse de todo.

Y acá viene lo que más me sirvió como aprendizaje personal, porque yo volví con la misma intensidad con la que había dejado y pagué las consecuencias. Stern recomendó dedicar los primeros días simplemente a recuperar energía, sostener una buena hidratación y aumentar la exigencia de forma gradual. Nada de querer estar al ciento por ciento en la primera sesión. Nada de compararse con el uno de hace tres semanas.

“Una interrupción cercana a las dos semanas puede permitir una recuperación suficiente para mejorar el rendimiento posterior, un proceso conocido como supercompensación.”Jesse Shaw, profesor de medicina deportiva

El descanso como parte del proceso

Hay un concepto que Shaw mencionó y que me cambió la mirada sobre las pausas: la supercompensación. La idea es que una interrupción cercana a las dos semanas puede funcionar como una especie de recarga, siempre que después se vuelva con cabeza. Eso no significa que cualquier pausa, en cualquier momento y por cualquier motivo, vaya a terminar en un salto de rendimiento. Pero sí abre la puerta a pensar el descanso no como un enemigo, sino como una parte más del ciclo.

Me fui del gimnasio aquel día con las piernas hechas polvo y una certeza nueva: la próxima vez que me toque parar, ya sea por un viaje largo, una enfermedad o cualquier imprevisto, no voy a intentar recuperar todo en una sola sesión. Voy a darle al cuerpo el tiempo que necesita para acordarse de lo que sabía hacer. Y, sobre todo, voy a dejar de castigarme por haberme detenido, porque dos semanas sin entrenar, como me quedó claro, no borran el esfuerzo de meses. Apenas lo ponen a prueba.

RK

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