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VIE, 04 SEPT 2026
Vida

Una nube de lana suspendida en el aire y el duelo de una hija detrás de cada oveja negra

Laura Ferro convierte en obra fotográfica la materia prima que la industria ovina descarta desde hace décadas: la lana oscura de las majadas patagónicas. La muestra, que se puede visitar en Fundación Larivière, reconstruye la memoria de su padre a partir de vellones que durante años no tuvieron precio ni lugar en el mercado.

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Renata KowalskiSociedad · 4 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Llegué a la Fundación Larivière en una tarde cualquiera de la semana y, antes de cruzar la puerta de Caboto 564, ya se olía algo: una lana cruda, sin teñir, con ese aroma a campo y a grasa que cualquiera que haya pisado un establecimiento rural en la Patagonia conoce de memoria. La fotógrafa Laura Ferro estaba adentro, de pie junto a una nube negra colgada del techo, y me recibió con la mirada de quien viene trabajando un duelo desde hace rato y necesita, de una vez por todas, ponerlo en palabras y en imágenes.

La oveja que sobra en el rebaño

Para entender lo que se ve en esta muestra hay que entender cómo funciona el negocio lanero en el sur argentino. La lana merino se vende por su blancura: una sola fibra oscura mezclada en un lote blanco lo arruina comercialmente. Por eso, cuando aparece una oveja negra en la majada, se la separa de inmediato. Esa oveja y su vellón quedan afuera del circuito industrial, sin precio, sin destino, y terminan muchas veces acumulándose como residuo en los galpones de los establecimientos.

Ferro viene de una familia con al menos tres generaciones dedicadas a los ovinos en la Patagonia. Su padre, recuerda ella, juntaba esa lana descartada y se la llevaba a tejedoras artesanales de la zona, que con ella hacían sweaters para el trabajo en el campo. Ropa dura, pensada para el frío y para el uso diario, no para la venta.

La historia de la muestra empieza después de la muerte de él. Ferro encontró uno de esos sweaters guardados entre cosas de su padre, y ahí se disparó una investigación que hoy, varios años después, ocupa toda una sala de la fundación.

Retratos de la majada y fantasmas en blanco y negro

La exposición reúne fotografías de los últimos diez años con imágenes rescatadas del álbum familiar. Algunas están tan integradas al resto que el visitante tiene que pararse un rato delante para distinguir si son antiguas de verdad o actuales trabajadas especialmente en tonos grises.

Entre las piezas más impactantes hay una foto de 1924, ya con más de un siglo encima, donde aparece una oveja negra de raza karakul, chica, de perfil, mezclada entre las blancas. La imagen parece elegida al azar, pero Ferro la rescata como quien rescata a un antepasado incómodo que la industria se empeña en borrar.

También hay retratos individuales de ovejas descartadas, paisajes de la estepa patagónica sin animales y registros de los residuos que quedan después del lavado industrial de la lana merino. Toda esa sucesión arma una genealogía visual de lo que sobra, de lo que se tira, de lo que nadie quiere mirar.

El padre fragmentado y la nube del duelo

La figura del padre aparece en la muestra siempre en pedazos, nunca entera. Hay una foto de sus botas puestas al lado de las patas de una oveja, otra de su pelo canoso confundiéndose con un vellón, otra de sus manos abriendo la lana sin esquilar como si abrieran un mundo entero. "Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también", dijo Laura, de 49 años, parada al lado de esa imagen mientras me la mostraba con una mezcla de orgullo y de llanto contenido.

En el centro de la sala cuelga la pieza que le da título a la muestra: una nube de lana negra, sin ningún tratamiento, cruda, con la grasa natural todavía puesta. Ferro contó que la idea nació de un gesto ínfimo y enorme al mismo tiempo. Tras la muerte de su padre, empezó a olfatear unas muestras de lana que él guardaba en la mesita de luz, y sintió que en esa materia había algo que tenía que explorar desde otro lado, no desde la foto solamente.

La muestra también propone una relectura del color. Lo que en la jerga ganadera se llama "lana negra" en realidad no es un solo tono, sino una escala de marrones, grises y bronces que cambian según la luz y según el animal. La exposición se detiene en esa variedad y la vuelve protagonista.

Salí de la fundación con la sensación de que había visto una investigación seria y, al mismo tiempo, un acto de amor. La lana que la industria descarta durante décadas termina convertida acá en obra, en memoria y en un modo de seguir hablando con un padre que ya no está. Queda colgada, como esa nube negra, en el centro exacto de la sala, esperando que alguien se detenga a mirarla como se detiene uno cuando entiende que está frente a algo que cuenta una historia mucho más grande que una oveja.

RK

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