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JUE, 03 SEPT 2026
Turismo

Tres islas, un mar que cambia de color y mantarrayas que se dejan tocar: el archipiélago que no parece real

Gran Cayman, Little Cayman y Cayman Brac forman un territorio caribeño donde la arena es tan blanca como el agua turquesa, y donde los guías llaman a las mantarrayas por su nombre. Un recorrido de norte a sur por el banco de arena más famoso del Caribe.

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Renata KowalskiSociedad · 3 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Llegué a Gran Cayman después de un vuelo largo, con esa mezcla de cansancio y expectativa que produce cualquier destino que uno lleva tiempo queriendo conocer. Cuando la puerta del avión se abrió y bajé por la escalera hasta la pista, lo primero que me golpeó fue el aire: espeso, húmedo, tibio, con olor a sal y a flores que no supe identificar. Del otro lado de la pista, un taxi destartalado me llevó por una ruta bordeada de manglares hasta el pequeño alojamiento que había reservado en la costa oeste. Esa misma tarde, con el sol todavía alto, pisé por primera vez la playa de Siete Millas y entendí por qué todo el mundo hablaba de ella: la arena era tan fina que se pegaba a los pies como polvo de talco, y el agua, a casi treinta grados, tenía esa transparencia imposible que parece de acuario. Ahí, sentado en la orilla, mirando el horizonte, empecé a notar que el mar cambiaba de color a medida que se alejaba: turquesa cerca, azul intenso allá lejos, como si alguien hubiera pintado dos acuarelas y las hubiera superpuesto con cuidado.

Tres islas, un mismo archipiélago

El archipiélago está formado por Gran Cayman, la más grande y poblada, Little Cayman y Cayman Brac, las dos hermanas menores, más silvestres, más tranquilas, con menos de doscientos habitantes cada una. En total viven allí algo más de sesenta mil personas de más de cien países distintos, una mezcla que se nota en los acentos de los guías, en los apellidos de los dueños de los restaurantes, en las cocinas que conviven en la misma cuadra. George Town, la capital, funciona como centro financiero del Caribe: en sus calles angostas, entre comercios para turistas, funcionan más de seiscientas firmas bancarias registradas, un contraste curioso para una ciudad donde las gallinas caminan sueltas por la vereda y las iglesias anglicanas reciben a los fieles los domingos con un brunch extendido después de misa.

Un banco de arena donde las mantarrayas aprendieron a confiar

Pero si hay algo que distingue a las Cayman de cualquier otro destino caribeño, eso es el banco de arena de Stingray City, a pocos kilómetros de la costa norte de Gran Cayman. Fui hasta ahí en una lancha rápida, con un grupo de ocho personas y un guía local de unos cuarenta y pocos años llamado Devon, que llevaba más de quince llevando visitantes al agua. Cuando el capitán apagó el motor y nos dijo que nos subiéramos a las plataformas con arnés, me tiré al agua con el corazón en la boca. El fondo era arena blanca, a la altura de la cintura, y al principio no se veía nada. Hasta que aparecieron.

“Se acercan como perros, te olisquean, te pasan por al lado. Si tenés comida, se quedan; si no, dan media vuelta y vuelven en cinco minutos. Es la relación más rara que vi en mi vida entre un animal grande y un ser humano.”Devon, guía local, unos 40 años

Las mantarrayas miden entre dos y cinco metros de largo y se mueven con una lentitud majestuosa, como si flotaran. La historia que me contó Devon mientras compartíamos el sándwich de atún que usamos para atraerlas es de esas que parecen inventadas pero son reales: hace más de cuatro décadas, los barcos pesqueros que faenaban en la zona arrojaban al agua los restos de la limpieza de sus capturas. Las mantarrayas, que ya vivían por el banco de arena, aprendieron a asociar el sonido de los motores con la comida. Nunca más se fueron. Hoy los tours reemplazan a los pesqueros y los animales, que ya están aclimatados, se acercan a centímetros de los visitantes. Los guías las conocen por nombre: hay una llamada Sweetpea, otra llamada Beyoncé, otra Doris. Cada una tiene su personalidad, me dijo Devon, y con los años aprenden a distinguir a los guías por la voz.

Qué hacer en cada isla, según el agua que prefieras

  • Gran Cayman: la más equipada, con la playa de Siete Millas, el Museo Nacional en George Town y puntos de buceo con naufragios históricos y arrecifes poco profundos.
  • Little Cayman: la más virgen, ideal para buceo silencioso, con túneles y grietas que desembocan en el arrecife de Bloody Bay, uno de los mejor conservados del Caribe.
  • Caiman Brac (Cayman Brac): la más agreste, con un buque de guerra hundido a pocos metros de la costa y bancos de peces que hacen del snorkel una experiencia distinta a la de sus hermanas.
  • George Town: para caminar, comer arroz con frijol, pescado frito picante y visitar el Museo Nacional, una casona baja frente al mar que repasa la historia del archipiélago.

Esa última tarde volví a la playa de Siete Millas, la misma donde había llegado cuarenta y ocho horas antes. Me senté en el mismo lugar, con los pies enterrados en la arena, y me quedé mirando cómo el sol bajaba y el agua pasaba del turquesa al violeta. Pensé en las mantarrayas de Sweetpea y Beyoncé, nadando ahora mismo en la oscuridad del banco de arena, y en las gallinas cruzando la calle principal de George Town como si fueran vecinas de toda la vida. Las Cayman son, probablemente, el destino más peculiar que visité en años: un lugar donde conviven un sistema financiero offshore de escala global, playas que parecen de postal, buceos de primer nivel y una relación entre humanos y animales salvajes que en cualquier otro lugar del mundo estaría prohibida. Ahí, sin embargo, lleva más de cuarenta años funcionando. Y cuando uno se tira al agua y una mantarraya de tres metros le pasa pegada a la panza, lo entiende.

RK

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