Tocar un instrumento y la sospecha de un aprendizaje más sólido: lo que cuenta un estudio con chicos argentinos del mundo
Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a 76 niños de entre 7 y 9 años y encontró mejores puntajes en memoria, lectura, escritura y matemáticas entre quienes practicaban música. Los autores aclaran que el trabajo no prueba causalidad y que el costo de la formación puede dejar afuera a muchas familias.
Lo vi por primera vez en una clase de piano barrial, un sábado a la mañana, mientras esperaba que mi hija terminara su ensayo. La profesora, Mariana, de 52 años, atendía a cinco chicos con paciencia de quien sabe que está peleando contra el celular. Me dijo algo que después apareció en un informe que tuve en la mano durante días: "Cuando un nene aprende a tocar, no solo está aprendiendo música; está entrenándose para todo lo demás". Esa frase me quedó dando vueltas y me llevó hasta el estudio que hoy les quiero contar, que firmo desde Sociedad porque toca a las familias tanto como a la educación.
La investigación es de la Universidad Northeastern, en Estados Unidos, y reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años, divididos en dos grupos parejos por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad practicaba un instrumento, sobre todo piano y cuerdas, con un piso de 30 minutos semanales; la otra mitad no tenía formación musical. A todos les tomaron pruebas de memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo, y también evaluaciones escolares. Los resultados, medidos por los autores, favorecieron de manera clara al grupo que tocaba: mejores puntajes en comprensión lectora, ortografía, reconocimiento de palabras y matemáticas, además de un desempeño más alto en memoria de trabajo.
Qué se pone en juego cuando un chico toca
Psyche Loui, profesora de música en Northeastern, lo explicó así: leer una partitura, sostener el ritmo y coordinar las dos manos al mismo tiempo exige atender varias tareas en paralelo, y esa gimnasia se conecta con las llamadas funciones ejecutivas, las que nos permiten planificar, sostener la atención, contener impulsos y adaptarnos a lo que cambia. Una de esas piezas, la memoria de trabajo, es la que usamos cuando retenemos una consigna mientras resolvemos un ejercicio.
“Aprender un instrumento ejercita la escucha, la planificación y la autorregulación, y eso termina derramando hacia otras áreas de la vida escolar.”Anita Collins, investigadora y educadora musical
Como editora, me parece importante detenerme acá y decir lo que el propio estudio aclara: no estamos frente a una prueba de causalidad. Los chicos no fueron asignados al azar a aprender música. Las familias que acercan a sus hijos a un instrumento suelen facilitar, además, otras experiencias educativas: libros en casa, apoyo escolar, tiempo dedicado al aprendizaje. Aunque los investigadores compararon grupos de condiciones socioeconómicas similares, eso no alcanza para descartar que haya otros factores detrás de la diferencia. La cautela es de los autores y la hago mía, porque prometer que las clases de música garantizan mejores notas sería decir más de lo que el trabajo dice.
Lo que el cerebro mostró en las resonancias
Vuelvo a la sala de Mariana, porque ahí también aparece la otra cara del hallazgo, la que a mí, como periodista, más me preocupa. La formación musical, sobre todo la individual y sostenida, tiene un costo que muchas familias no pueden pagar. La propia investigación lo señala: si la música mejora el aprendizaje, pero el acceso es desigual, lo que conseguimos no es nivelar para arriba, sino ampliar la brecha. En la nota, Psyche Loui y su equipo lo plantearon como una discusión pendiente: cómo llevar estos beneficios a chicos que hoy quedan afuera por motivos económicos.
¿Qué hago yo con todo esto como madre y como cronista? Lo primero, no exagerar: ningún estudio serio dice que poner a un nene frente a un teclado lo va a volver un mejor alumno. Lo segundo, no descartarlo: los números son consistentes, la lectura que hacen los investigadores es razonable y hay indicios cerebrales que van en la misma dirección. Y lo tercero, que es lo que le voy a decir a Mariana el próximo sábado, es que la música vale por lo que es en sí misma, y si además deja alguna huella en el aula, bienvenido sea. Pero que esa huella no se convierta en un nuevo motivo para sentir culpa quienes no pueden pagar las cuotas. Mientras escribo esto, pienso en los chicos de aquella clase, con sus dedos todavía torpes sobre las teclas, buscando una melodía que todavía no sale. Tal vez, sin saberlo, estén entrenando algo que les va a servir mucho más allá del piano.
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