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SÁB, 19 SEPT 2026
Vida

Parar un rato, volver mejor: el valor de cortar la jornada cuando el cuerpo pide tregua

Cuando la atención se fragmenta y el cansancio empieza a pasarse de rosca, las pausas cortas —caminar, estirarse, cerrar los ojos o simplemente mirar alrededor— pueden devolver un poco de claridad. No son una receta mágica ni reemplazan al especialista, pero bien usadas son una herramienta concreta para sobrellevar el día.

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Renata KowalskiSociedad · 19 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Lo vi esta mañana, en la cocina de la redacción: una colega dejó la pantalla en pausa, se quitó los auriculares, abrió la ventana y se quedó unos segundos mirando el árbol del patio interno como si recién se diera cuenta de que seguía ahí. Después respiró hondo, volvió a su silla y se le notó algo distinta: menos enroscada, con la mirada más limpia. Le pregunté qué había hecho y me respondió, casi riéndose, que nada: «Paré». Esa imagen, tan chica, me terminó pareciendo el corazón de esta nota que arranqué a escribir mientras el termo del café se enfriaba y yo pensaba en cuántas veces nosotros mismos, los que estamos todo el día expuestos a la pantalla y al teléfono, nos olvidamos de que existe ese botón de pausa.

La propuesta es simple y, por eso mismo,: cuando el día se vuelve una cadena de pendientes y la cabeza empieza a funcionar en piloto automático, una interrupción breve —caminar, quedarse en silencio, cambiar de aire— puede devolver algo de oxígeno mental. No hace falta que sea larga ni solemne: alcanza con apartarse de las notificaciones unos minutos o con levantarse a estirar las piernas. La clave está en cortar a tiempo, antes de que el cansancio se vuelva una sombra pegajosa que no se va.

Anclar los sentidos al aquí y ahora

Para quienes quedan dando vueltas con pensamientos repetitivos —esas ideas que vuelven como un que no se puede silenciar—, hay una técnica concreta que la psicóloga clínica Sari Chait suele recomendar: la 5-4-3-2-1. Consiste en recorrer los sentidos en un orden fijo: identificar cinco cosas que se ven, cuatro sensaciones de contacto con el cuerpo, tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de arrancar, una respiración pausada —sin forzar la ingesta de aire— ayuda a entrar en modo atención. No borra lo que preocupa, pero le saca un poco de protagonismo.

  • Ver cinco objetos a tu alrededor y describírtelos mentalmente.
  • Registrar cuatro texturas o puntos de contacto: la silla, el piso, la tela de la ropa.
  • Escuchar tres sonidos del entorno, sean mínimos.
  • Detectar dos aromas presentes, por leves que sean.
  • Reconocer un sabor, aunque sea el del café o del mate.

Caminar, moverse y compartir el corte

Si hay chance de salir, caminar es de las pausas mejor estudiadas. Una investigación citada por el material siguió a trabajadores que dedicaron 15 minutos de su hora de almuerzo a recorrer un parque, durante diez días hábiles seguidos: al volver a la oficina, reportaban menos fatiga y más foco por la tarde. Los que hicieron ejercicios de relajación mostraron mejoras parecidas. Los resultados no son una garantía universal —cada cuerpo y cada jornada tienen lo suyo—, pero son un buen indicio de que mover las piernas, aunque sea un rato corto, rinde.

Dentro de casa o de la oficina, la pausa puede tomar formas más modestas: estirar las piernas, hacer movimientos de movilidad, bailar una canción. Compartir el corte con alguien —un café rápido, un llamado, un cruce de mensajes con una persona de confianza— suma algo extra: la conversación corre el eje de la cabeza y la desconecta de las obligaciones. A veces, charlar cinco minutos con alguien que queremos hace más que cualquier ejercicio de respiración.

Cuando parar es dormir, aunque sea un ratito

Descansar también es una opción válida. La neurocientífica Heidi Hanna explica que mantener los ojos cerrados entre 10 y 15 minutos puede ayudar a recuperar algo de energía. No reemplaza a una noche de sueño adecuada —eso no lo sustituye nada—, pero ofrece un puente cuando el cuerpo pide bajar un cambio. La duración exacta debe ajustarse a cada uno: algunos necesitan menos, otros un poco más, siempre dentro de márgenes razonables.

La línea roja: cuándo pedir ayuda profesional

Estas prácticas tienen un alcance y un límite. Pueden mejorar el día, no van a la raíz del malestar cuando este se vuelve crónico. La terapeuta Tyana Tavakol lo resume bien: si los intentos personales no alcanzan, si el estrés se queda incluso fuera del trabajo, si empieza a complicar el sueño, la concentración o los vínculos, lo razonable es buscar acompañamiento profesional. Pedir ayuda no es tirar la toalla; es, justamente, la mejor forma de cuidarse.

Volví a la cocina de la redacción un rato después de escribir esta nota. La colega seguía en su silla, los auriculares otra vez puestos, la mirada puesta en la pantalla. Pero cuando le conté qué estaba escribiendo, me miró y me dijo, con una sonrisa que me quedó dando vueltas: «Tendrían que enseñar eso en la facultad, ¿no? Parar a tiempo». Tiene razón. A veces, lo más revolucionario que podemos hacer en un día exige es, simplemente, hacer una pausa.

RK

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