Saltar al contenido
Grupo Noticias 365Grupo Noticias 365
⌕ Buscar
Dólar oficial $1.545,00 +0,32%Dólar blue $1.555,00 -0,32%Dólar MEP $1.553,10 +0,28%Riesgo país 636 pb +4,78%
VIE, 02 OCT 2026
Vida

Lo que no se ve cuando alguien cuida: una encuesta de la Universidad Austral midió el peso real de esa tarea cotidiana

El relevamiento, que alcanzó a más de mil personas en la Argentina, detectó niveles de sobrecarga intensa en cuatro de cada diez cuidadores principales y advirtió sobre las diferencias marcadas entre mujeres y varones. Además, puso el foco en cómo la informalidad laboral y la falta de licencias agravan el cuadro.

RK
Renata KowalskiSociedad · · lectura 4 min
Lo que no se ve cuando alguien cuida: una encuesta de la Universidad Austral midió el peso real de esa tarea cotidiana

Llegué al campus de la Universidad Austral con la idea de que la nota iba a ser una más sobre el cuidado de adultos mayores o de personas con discapacidad. Pero lo que me encontré en el informe que presentaron en las últimas semanas fue bastante más crudo: una fotografía de lo que significa hacerse cargo de un familiar en la Argentina de hoy, hecha con datos, con números y, sobre todo, con el testimonio indirecto de más de mil personas que se sentaron frente a una pantalla para responder una encuesta. La investigadora que coordinó el trabajo, María, de 47 años, me explicó mientras acomodaba los papeles sobre la mesa que la intención nunca fue únicamente académica, sino también de salud pública: entender por qué cuidar, muchas veces, termina enfermando a quien cuida.

El estudio se hizo por internet entre octubre del año pasado y abril de este año. Participaron 1.028 personas mayores de 18 años que viven en la Argentina. De ese total, algo más del 20 por ciento reconoció que estaba cuidando a un familiar en ese momento. Es decir, una de cada cinco personas que respondieron. Esa proporción, ya de por sí alta, esconde lo que pasa cuando se pone el foco en quién se hace cargo de manera principal: entre las mujeres cuidadoras, el 60,6 por ciento dijo ser la responsable principal, mientras que entre los varones cuidadores esa cifra bajaba al 44,4 por ciento. Una diferencia que no es menor y que empieza a anticipar por dónde pasa el peso real de la tarea.

Descanso, proyectos y trabajo: lo que el cuidado se lleva puesto

El relevamiento preguntó por cosas concretas de la vida cotidiana, y las respuestas dibujan un mapa de renuncias. Entre las mujeres cuidadoras, el 54 por ciento señaló que la responsabilidad de asistir a un familiar le impedía descansar lo suficiente. El 44 por ciento agregó que esa misma tarea le limitaba sus proyectos personales, esos planes propios que muchas veces quedan guardados en un cajón cuando aparece la urgencia de ocuparse de otro. Entre los varones, los números son llamativamente más bajos: 30 por ciento en descanso y apenas un 10 por ciento en proyectos personales. La brecha, según me comentaron en la Universidad Austral, no responde a que los hombres cuidadores tengan menos tareas, sino a que todavía recae sobre las mujeres la organización cotidiana de los cuidados, algo que en el propio informe describen como el trabajo invisible que nunca aparece en una agenda.

Para dimensionar el desgaste, los investigadores evaluaron a 120 cuidadores principales con la escala de Zarit, un cuestionario validado internationally que se usa en todo el mundo para medir la sobrecarga. El resultado fue contundente: seis de cada diez presentaban algún grado de sobrecarga y, lo que es más preocupante, el 40,8 por ciento alcanzó el nivel que el estudio consideró intenso, es decir, un punto en el que la persona necesita sí o sí algún tipo de intervención profesional. No estamos hablando de cansancio pasajero: es un cuadro que puede derivar en problemas de salud mental, en el abandono del trabajo o en el deterioro de los vínculos familiares.

Ayudar no alcanza: la calidad del apoyo importa tanto como la cantidad

Hay un dato del informe que me dejó pensando. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento tanto entre quienes dijeron recibir ayuda como entre quienes reconocieron no tenerla. Es decir, no alcanza con que aparezca un familiar, un amigo o un vecino a dar una mano: lo que define si esa ayuda alivia o no es la calidad. El estudio trabajó esa idea distinguiendo tres tipos de acompañamiento: el afectivo, que es el que tiene que ver con estar presente, escuchar, contener; el informacional, es decir, el que aporta datos, orientaciones, derechos; y el operativo, que es el más concreto, el que se traduce en horas de cuidado, en hacer trámites, en acompañar a la persona al médico. Cuando una de esas dimensiones falta, la sobrecarga no baja, por más que alguien esté dando una mano.

Informalidad y licencias: la trampa que se cierra sobre los más vulnerables

El trabajo remunerado forma parte de la rutina del 75 por ciento de quienes cuidan. O sea, no es una tarea que se haga desde el lugar de la cuidadora, sino que se suma a una jornada laboral y, en muchos casos, a una casa con hijos y con cuentas que pagar. El problema es que las herramientas para compatibilizar las dos cosas no son parejas. Entre los trabajadores formales, el acceso promedio a las licencias y prestaciones que existen en la Argentina fue del 53,7 por ciento: incluye licencias por maternidad y paternidad, por enfermedad de un familiar, por eventos familiares y por guardería, entre otras. En los informales ese promedio cae al 17,1 por ciento y en los independientes, al 9,5 por ciento. Es decir, las personas que menos protección tienen son, justamente, las que más necesitan que el Estado las respalde. Una trabajadora de casas particulares, por ejemplo, no tiene la misma caja de herramientas que alguien con un contrato en relación de dependencia, y ese desnivel se traduce en más agotamiento, en más renuncias y, a veces, en el abandono del propio trabajo.

RK

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo