El reloj silencioso de los huesos: cómo ganar la carrera antes de que el cuerpo empiece a descontar años
La densidad ósea se construye hasta los 30 y se gasta después de los 40. Dos cirujanos ortopédicos explican qué mueve la aguja y cuánto tarda en verse el esfuerzo en una densitometría.
Llegué al consultorio con la sensación de que estaba a tiempo de hacer algo por mí. No tenía ningún dolor, ninguna fractura, ninguna urgencia. Solo quería entender por qué mi médico de cabecera, cada vez que me cruzaba en un control de rutina, insistía con el tema de los huesos como si fuera un asunto del futuro lejano. Esa advertencia, repetida durante años, fue lo que me terminó empujando a investigar de qué se habla cuando se habla de densidad ósea. Y la respuesta, me advertí rápido, no era tan alentadora como uno quisiera escuchar.
El esqueleto no es una estructura estática. Responde al movimiento, a la alimentación y, sobre todo, al paso del tiempo. La densidad ósea crece hasta aproximadamente los 30 años y luego empieza a reducirse de manera gradual. A partir de los 40, el proceso se acelera, y lo que se haya construido hasta ese momento condiciona la resistencia del hueso en las décadas siguientes. Es, en el fondo, una cuenta corriente que se abre temprano y se gasta después.
El entrenamiento con carga como primera línea
Cuando el esqueleto recibe presión mecánica, los osteoblastos —las células encargadas de formar tejido óseo— reciben la señal para producir más hueso. El levantamiento de pesas y los ejercicios pliométricos encabezan las recomendaciones, pero correr, caminar y hasta las plataformas vibratorias también generan ese estímulo. El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido sugiere al menos 150 minutos semanales de actividad de intensidad moderada más dos sesiones de fuerza. «El entrenamiento de fuerza es uno de los ejercicios que más recomendamos», señaló Natasha Desai, de 52 años, profesora del departamento de cirugía ortopédica de la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York. Lo dijo con la tranquilidad de quien repite una y otra vez el mismo consejo, pero también con la convicción de que del otro lado, del lado del paciente, todavía hay tiempo de empezar.
La mesa también cuenta
El calcio y la vitamina D son los nutrientes clave. Se los encuentra en lácteos, en pescados grasos como el salmón y la caballa, en verduras de hoja verde como el brócoli y la col rizada, y en alimentos fortificados. Los suplementos existen como opción, pero no compensan una dieta desordenada. Desai, en la misma conversación, fue gráfica: «Es mejor consumir calcio a lo largo del día que tomarlo de golpe», sostuvo, porque el organismo lo absorbe con mayor eficiencia distribuido en varias comidas. Es, si se quiere, una lógica de goteo más que de shock.
La menopausia como punto de inflexión
Las mujeres atraviesan una etapa de mayor vulnerabilidad. Mientras los niveles de estrógeno se mantienen estables, la pérdida ósea ronda el uno por ciento anual. Con la caída hormonal de la menopausia, esa cifra puede trepar hasta el tres por ciento por año. Una vez superada esa transición, el ritmo vuelve a desacelerarse, pero el daño de ese ventana acelerada deja huella.
Salí del consultorio con una sensación rara. No era miedo, tampoco era alivio. Era más bien la conciencia de que el reloj óseo viene corriendo desde mucho antes de que uno le preste atención, y que la ventana para construir es más corta de lo que parece. Los especialistas coinciden en que los cambios visibles en una densitometría pueden demorar entre uno y tres años de práctica sostenida. No es una solución exprés ni un atajo de fin de semana. Es, como tantas cosas de la salud, una decisión de largo plazo que empieza —o empieza a corregirse— mucho antes de que la primera fractura avise que llegamos tarde.
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