Roblox no es un juego: veinte años después, la advertencia de Julieta Schulkin para los padres que todavía no entendieron qué hay adentro
La periodista y divulgadora investigó la plataforma durante meses y su conclusión es incómoda: muchas familias la prohibieron sin saber qué era, y la mayoría de las que la dejan entrar ni idea tiene de cómo funciona su economía interna ni sus lógicas sociales. Una guía para entender de una vez qué hacen los chicos ahí.
Me acerqué a esta nota después de escuchar la misma pregunta en tres colectivos distintos de la Ciudad de Buenos Aires: "¿Roblox es un juego o qué?". Tres madres distintas, la misma confusión. Y me pareció raro, porque mientras los adultos dudamos, la plataforma acaba de cumplir veinte años y los pibes la siguen usando como si fuera la plaza del barrio. Así que llamé a quien más trabajó el tema en los últimos meses: la periodista y divulgadora Julieta Schulkin, de 38 años, que publicó una investigación entera sobre cómo funciona esa caja negra digital. Lo que me contó cambia bastante la conversación en la mesa de los hogares argentinos.
No es un juego, es un barrio entero
Schulkin lo dice sin rodeos: "Roblox no es un juego, es una plataforma que aloja más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y empresas". Los chicos no entran solo a jugar. Entran a encontrarse, a pasar el rato y, en muchos casos, a reemplazar el espacio físico que antes ocupaba el potrero, la vereda o la plaza. Esa distinción parece menor pero no lo es: cambia la forma en que una familia debería pensar el acompañamiento.
La investigación de Schulkin muestra que muchas familias tomaron decisiones, a favor o en contra, sin haber pisado nunca la plataforma. "Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien", me dijo. Y agrega una frase que a mí me quedó rebotando: si un chico no puede usar Roblox, lo más probable es que termine migrando a otra plataforma de diseño parecido, con controles parecidos y riesgos parecidos. Prohibir sin entender es, en el mejor de los casos, perder tiempo.
La economía interna: Robux y una estructura de clases que se reproduce
Acá viene uno de los puntos que los padres y las madres menos ven. Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con plata real. Con ellos se consiguen elementos visuales para el avatar, mascotas virtuales y servidores privados. Se puede jugar sin gastar un peso, pero quienes tienen Robux, o quienes pasan muchísimas horas acumulando recompensas, acceden a beneficios que el resto no tiene. Schulkin lo describe con una imagen potente: adentro de la plataforma se reproduce la estructura de clases sociales del mundo físico. Igual que en la vida de acá, se nota quién invirtió plata y quién no. Esa dinámica existe aunque ningún adulto la haya explicado.
El otro costado que las familias suelen pasar por alto es el social. Los usuarios pueden seguirse unos a otros, tener seguidores, armar grupos de amigos. La plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico. Eso la convierte en un ecosistema con lógicas parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla. Para un padre de cuarenta y tantos, la traducción es simple: el pibe adentro tiene un grupo, tiene un clan, tiene códigos. No está jugando en el aire.
- Configurar los controles de privacidad apenas se crea la cuenta, no después.
- Revisar quién puede chatear con el menor: dejar solo la lista de amigos aceptados.
- Activar las restricciones de contacto que ofrece la propia plataforma.
- Hablar con los chicos sobre Robux antes de que aparezca la primera venta de objetos.
- Preguntar con quién juegan, igual que se pregunta a quién ven en la plaza.
- Establecer tiempos de uso claros, como con cualquier pantalla.
- Entender qué juegos específicos usan los chicos dentro de Roblox antes de opinar.
“Una buena configuración no garantiza que no pase nada, pero le pone un freno real a lo peor que puede pasar.”Julieta Schulkin
El riesgo más serio del que habla Schulkin es el grooming, es decir, la posibilidad de que un adulto contacte a un menor dentro de la plataforma para ganar su confianza y, en los peores casos, intentar un encuentro fuera del mundo digital. Está documentado, no es un escenario de película. La periodista no propone el rechazo automático ni el pánico: propone configuración activa y conversación. El tiempo que un adulto invierta en configurar esa cuenta es, literalmente, lo que separa una tarde tranquila de un problema serio.
Cuando terminé la entrevista y me fui caminando hasta la parada del colectivo, pensé en las tres madres del 29, en la del 152 y en la del 64. Las tres me habían hecho la misma pregunta con la misma cara de preocupación. Y me quedé pensando que la próxima vez que un hijo de diez años pida permiso para entrar a Roblox, la mejor respuesta posible no es ni "sí, dale" ni "no, eso es peligroso", sino "sentate acá y mostrame cómo funciona". Ahí empieza todo.
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