Límites con los hijos: por qué decir “no” también es una forma de cuidar
Psicólogas infantojuveniles coinciden en que la ausencia de normas claras puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en la infancia. La clave, dicen, no es volverse permisivo ni autoritario, sino ejercer una autoridad afectuosa que se haga cargo del conflicto en lugar de esquivarlo.
Llegué al consultorio de Ivana Raschkovan una mañana de esas en las que Buenos Aires amanece gris y el colectivo tarda veinte minutos más de lo previsto. La encontré acomodando unos sillones bajos en una sala pintada de amarillo, preparándose para atender a una nena de siete años que, según me contó después, llevaba semanas peleándose con sus padres cada noche para no irse a dormir. Antes de que empezara la sesión, Ivana, que tiene 48 años y acaba de publicar el libro Infancias respetadas, me explicó algo que se me quedé dando vueltas todo el camino de vuelta: poner un límite no es lo mismo que autoritarismo, y confundir ambas cosas le está haciendo un flaco favor a un montón de chicos y chicas.
La discusión no es nueva, pero hace rato ganó la calle. Cada vez más familias, empujadas por el deseo genuino de no repetir viejas formas de crianzas más verticales, reemplazaron las órdenes y los castigos por el diálogo. El problema aparece, según las especialistas, cuando ese diálogo se vuelve una negociación permanente y el adulto deja de sostener su posición. Ahí, dicen, es donde la cosa se complica.
Autoridad no es autoritarismo
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso”, me dijo Ivana mientras la nena de la sesión siguiente esperaba en la sala de espera con su mamá.
La psicóloga distingue con bastante claridad dos palabras que en crianzas se usan casi como sinónimos y no lo son. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto, insiste, está en el buen trato, no en la ausencia de normas.
Tres estilos de crianza que vale la pena repasar
- Autoritario: reglas rígidas, poca escucha y alta exigencia. Funciona como un sargento del hogar.
- Permisivo: mucho afecto y poco límite. Se prioriza que el vínculo no se dañe, aunque a costa de la estructura.
- Democrático o autoritativo: normas claras sostenidas con diálogo y contención. Es el punto de equilibrio que más especialistas recomiendan.
Estos tres estilos los describió en los años sesenta la psicóloga Diana Baumrind y, pese a que pasaron más de seis décadas, siguen siendo la brújula con la que muchos profesionales piensan la crianza. La psicóloga Deborah Bellota, a quien también consulté para esta nota, me dijo que los padres permisivos suelen ser personas muy afectuosas, pero que muchas veces no ponen límites “por miedo a que el hijo se enoje con ellos”. Esa dinámica, aclara, puede alimentar la autoestima, aunque también suele generar dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad en otros ámbitos de la vida.
Límites como forma de cuidado
Para Ivana, los límites son una forma de cuidado. “Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración”, sostuvo. Y agregó algo que me pareció clave: esa capacidad no aparece de manera espontánea, se aprende. Si un chico no experimenta el “no” adentro de un entorno seguro, es probable que después le cuide mucho más desarrollar los recursos emocionales para procesar situaciones difíciles afuera de la casa.
Bellota, en tanto, remarcó que el trabajo del adulto no termina cuando dice “no”. Dice que la tarea continúa después: en explicar por qué, en acompañar la emoción que ese “no” desata y en sostenerse sin desatender al chico. En crianzas, la idea es que los límites no llegan como un golpe de gracia, sino como una estructura predecible que el niño puede anticipar. Y cuando esa estructura falta, lo que se vuelve impredecible no es el mundo: es el adulto.
Antes de subirme al subte para volver a la redacción, pasé un rato más en la vereda de enfrente del consultorio de Ivana. La nena de siete años salió tomada de la mano de su mamá, con un chupetín en la mochila y cara de sueño. No sé si esa noche fue más fácil o más difícil a la hora de dormir, pero mientras las veía alejarse por la calle me quedé pensando en lo que me dijo Ivana al cierre de la entrevista: que poner un límite, dicho con afecto y sostenido en el tiempo, es también una manera de decirle a un chico que el mundo lo espera y que, en casa, alguien se hace cargo de acompañarlo hasta la puerta.
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