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DOM, 11 OCT 2026
Vida

La chacra que sostiene a una familia y la familia que sostiene a la chacra

Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron esperando a sus hijos en la puerta de un colegio y descubrieron que los dos habían crecido entre acequias y animales. Hoy, en tres hectáreas que ella heredó, viven a pulmón, con sueldos que financian alfalfa, gallinas, conejos y los sueños que quieren dejar a los más chicos.

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Renata KowalskiSociedad · · lectura 4 min
La chacra que sostiene a una familia y la familia que sostiene a la chacra

Llegué a la chacra una tarde cualquiera, con el viento de la Patagonia moviendo las hojas de los árboles que separan Centenario de Vista Alegre. Lo primero que vi fue un tractor viejo apoyado contra un alambrado, como esperando que alguien se anime a hacerlo arrancar. Después apareció Silvana Aiello, con delantal y las manos todavía con tierra, y detrás suyo Lucas, su hijo de 17 años, que cargaba una incubadora armada con sus propias manos. Me convidaron mate y me convidaron su historia, que es la historia de dos personas que un día decidieron volver a vivir como habían aprendido de chicos.

Silvana, que tiene 51 años, y Jorge Stelrrig, que tiene 52, se conocieron hace 19 años en la puerta de un colegio, mientras esperaban que salieran sus hijos de primaria. La charla de esa tarde les cambió el rumbo: los dos venían de familias chacareras de la zona, los dos habían crecido entre acequias, frutales y mesas largas, y los dos cargaban ese runrún constante de que la vida en la ciudad se les quedaba corta. Así empezó una decisión que fueron postergando durante años y que hoy, tres años después de concretarse, se transformó en una forma de vida.

Una mudanza de muchos años

Durante casi dos décadas, la pareja fue juntando materiales con lo que sobraba de los sueldos: bolsas de cemento, hierros, ladrillos, lo que apareciera en el momento justo. Compraban cuando podían, sin apuro, construyendo de a poco. Hace tres años se animaron y se mudaron a las tres hectáreas que el padre de ella, Ricardo, le había dejado al morir. La casa está sobre la calle 9, justo en el límite donde los dos municipios se tocan, como si la chacra hubiera elegido quedarse en el medio de los dos pueblos.

Hoy, cuando uno recorre el campo, se encuentra con un paisaje que mezcla lo que fueron y lo que están siendo. Hay alfalfa sembrada, gallinas que picotean cerca del gallinero, conejos encerrados en sus jaulas y esa incubadora artesanal que Lucas armó en un galpón. Pero también está lo que la tierra hizo sola cuando nadie la podía trabajar: donde antes hubo manzanos y perales, creció un monte de olivillo y un humedal que la misma naturaleza fue armando, sin pedir permiso.

“Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta. Antes la chacra sostenía a la familia; ahora somos nosotros los que sostenemos a la chacra, con todo lo que eso significa.”Silvana Aiello, 51 años
  • Silvana trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica y Jorge es empleado en el área de educación de la zona.
  • Los dos sueldos son los que financian el forraje, los animales y la mano de obra extra que necesitan para mantener el campo activo.
  • Lucas, de 17 años, estudia para técnico mecánico pero el año pasado crió 600 pollos parrilleros, sumó gallinas y conejos y armó su propia incubadora de manera artesanal.
  • Jorge tiene en mente plantar frutales y viñas para producir y vender en el mismo campo.
  • El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con 12 años, cerca de 1920; el abuelo fue quien empezó la chacra.

A pulmón, y con los tiempos de hoy

Lo que más me quedó dando vueltas de la charla fue la diferencia generacional que Silvana me marcó con una frase. Antes, me dijo, en la chacra no se cumplía horario: se trabajaba de sol a sol y la tierra era la que bancaba a la familia. Ahora la historia es al revés: los dos tienen su empleo formal, cumplen horarios, y a la tarde y los fines de semana se ocupan de los animales. Es otro tipo de estrés, reconoció, pero lo hacen los tres juntos, sin quejarse.

Me fui de la chacra ya entrada la tarde, con el ruido de las gallinas de fondo y la imagen del tractor viejo todavía ahí, apoyado contra el alambrado, como esperando su turno. En el auto, mientras volvía, pensé que esta es una de esas historias que parecen chicas y en realidad son enormes: dos personas que podrían haberse jubilado tranquilas en cualquier otro lado y eligieron volver a empezar en el mismo lugar donde sus viejos habían empezado antes que ellos. Y lo hacen a pulmón, con sueldos que sostienen la tierra en vez de que la tierra los sostenga a ellos, mientras le van construyendo, ladrillo por ladrillo, lo que quieren dejarle a sus hijos.

RK

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