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JUE, 05 NOV 2026
Entretenimiento

Cuatro meses de broma pesada y una tele danesa que tuvo que correr a emitir todo

Un reality hizo creer a un humorista que filmaba una comedia de terror, y el repudio obligó a la cadena a cambiar sus planes.

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Inés MaldonadoCultura y espectáculos · · lectura 2 min
Cuatro meses de broma pesada y una tele danesa que tuvo que correr a emitir todo

Hay bromas que se pasan de la raya y hay bromas que directamente se cruzan de vereda y se quedan a vivir en la casa del otro. Lo que hizo TV 2 Echo, una cadena danesa, con el humorista Rasmus Wallbridge pertenece a la segunda categoría. Su programa « Alle elsker Rasmus » (Todos quieren a Rasmus) lo tuvo cuatro meses engañado, creyendo que protagonizaba una versión danesa de una película de comedia de terror.

Del otro lado de la cámara había 149 personas, entre ellas amigos personales y su pareja artística. Todas actuaban como cómplices, incluidos los viajes al exterior, aunque Wallbridge acababa de ser padre. (Sí, leyó bien: el padre primerizo también formaba parte del decorado.)

Un final editado y un repudio inmediato

Cuando en el último episodio se reveló la broma, la producción utilizó un fragmento de audio editado en el que él aparecía riéndose. Eso alimentó las acusaciones de manipulación del material. La reacción del público fue rápida y negativa, y la cadena decidió emitir los cinco episodios restantes de corrido, tres días después del estreno, para intentar bajar el impacto.

La ministra de cultura Zenia Stampe tomó posición pública y calificó el formato como repugnante. No hace falta ser ministra para pensar lo mismo, pero viniendo de ella el mensaje tiene peso institucional.

La plata y la presión

El costado contractual también quedó en el centro de la polémica. Al terminar las grabaciones, a Wallbridge se le ofreció el equivalente a unos 3.300 euros si rechazaba la emisión, frente a unos 107.000 euros si la autorizaba. Como sus apariciones en el programa eran su principal fuente de ingresos en ese período, la presión para decir que sí era enorme.

Tras ver el resultado, rechazó el proyecto cinematográfico que la productora le había prometido como parte del engaño. Según trascendió, también cortó el vínculo con varias de las personas que participaron, incluido su mejor amigo. Ahí se ve el daño que no entra en la pantalla.

El caso reabre un debate viejo y bien incómodo sobre los límites éticos de la televisión de entretenimiento cuando el engaño se prolonga durante meses y afecta la vida personal y laboral de una persona. Y la pregunta que queda flotando es la que el propio material deja picando: ¿dónde termina el entretenimiento y empieza el daño real?

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Inés MaldonadoCultura y espectáculos

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