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VIE, 16 OCT 2026
Turismo

Calor sin tregua: por qué cada vez más turistas miran al norte y no al sur

El verano de 2026 rompió récords en Europa occidental, con picos que rozaron los 40 grados y obligaron a repensar las vacaciones. Escocia, Noruega, Islandia y Suecia capitalizaron ese cambio y ya lidian con el vértigo de recibir más visitantes de los que su infraestructura puede absorber.

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Tomás Aguirre CornejoTecnología · · lectura 4 min
Calor sin tregua: por qué cada vez más turistas miran al norte y no al sur

¿Te imaginas planear un viaje a Roma y terminar reservando un hotel en Tromsø? Suena raro, pero es exactamente lo que empezó a pasar este verano en Europa. La pregunta que muchos se hacen es simple: ¿hasta qué punto el calor extremo puede cambiar el mapa del turismo? Los números dicen que ya lo está cambiando, y de manera acelerada.

Para entender lo que viene, hay que mirar los termómetros. La temperatura media de Europa durante el verano de 2026 alcanzó los 21,7°C, 2,5°C por encima del promedio histórico y por encima del récord anterior, que databa de 2003. El Servicio de Cambio Climático de Copernicus y el Servicio de Gestión de Emergencias de Copernicus lo dejaron por escrito: el 52% del continente enfrentó condiciones de estrés térmico muy fuerte, una categoría técnica que en la práctica significa que la temperatura que el cuerpo siente llega o supera los 38°C. Es como pasar un día entero adentro de un horno encendido, pero al aire libre y sin pausa.

Un calor que no afloja

La persistencia fue tan llamativa como las propias marcas térmicas. Entre mayo y septiembre hubo 17 días en los que al menos el 60% de Europa occidental superó los 30°C. Para dimensionarlo: en el verano de 2003, el umbral se alcanzó durante 11 días; en 2025, durante apenas siete. Es decir, la ola de calor dejó de ser un evento aislado para convertirse en una constante que se repite año tras año con más fuerza.

Frente a ese escenario, una porción de los turistas optó por los llamados destinos frescos, o coolcations, una palabra en inglés que se viralizó estos años y que apunta, justamente, a vacacionar en lugares donde el termómetro no juegue en contra. La Comisión Europea de Viajes reportó un aumento del 10% en la cantidad de visitantes a Europa del Norte entre abril y junio de 2026 respecto al mismo período de 2025. La región, según la define ese organismo, incluye a Dinamarca, Finlandia, Islandia, Irlanda, Noruega, Suecia y el Reino Unido.

Quiénes se llevan la mayor parte del flujo

Dentro de ese Norte que se puso de moda, hay ganadores claros. Escocia registró un crecimiento del 15% en reservas aéreas hacia sus destinos en un período de seis semanas que terminó a mediados de julio, comparado con el mismo lapso de 2025. En paralelo, las reservas hacia Londres cayeron durante la misma temporada. Una agencia de viajes detectó, además, un alza del 74% en búsquedas de destinos frescos respecto al año anterior. El cambio de preferencias no fue una moda pasajera: fue un movimiento de plata y de calendarios.

Noruega, por su parte, también sintió el envión: las noches reservadas por visitantes internacionales en hoteles subieron un 3,2% entre mayo y julio de 2026 frente al mismo período de 2025. El país, además, habilitó un impuesto de hasta el 3% sobre el alojamiento para hacer frente al mayor flujo. Es el viejo problema de cuando un lugar se pone de moda: hay que decidir quién paga la cuenta de los servicios extra que exige el turista.

  • 32% de los residentes de las Tierras Altas de Escocia consideraba en 2025 que el turismo ejercía demasiada presión sobre su zona.
  • 48% de los habitantes de las islas Orcadas pensaba lo mismo, contra apenas un 8% para el conjunto del país.
  • Edimburgo aplicó una tasa turística del 5% sobre las primeras cinco noches de alojamiento para financiar infraestructura y vivienda.
  • La Comisión Europea de Viajets registró el salto de visitantes hacia Dinamarca, Finlandia, Islandia, Irlanda, Noruega, Suecia y el Reino Unido.

Lo que deja este verano es un cuadro con dos lecturas. Por un lado, hay una oportunidad concreta para economías del norte que históricamente recibían menos turismo que el Mediterráneo. Por el otro, aparece un dilema que ningún destino puede esquivar: cuando el caudal de visitantes crece de golpe, el pueblo que los recibe empieza a sentir que pierde calidad de vida. En Edimburgo, en las Orcadas, en las Tierras Altas y en pueblos costeros noruegos, ese debate ya está abierto y la próxima temporada dirá si los gobiernos locales lograron equilibrar la oferta de infraestructura con la presión de los termómetros del sur.

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