Adentro del Malacara: una caminata por las entrañas de un volcán mendocino que parece de otro planeta
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada administra un campo donde la geóloga Corina Risso investigó durante años. Hoy se puede caminar por dos de las tres cárcavas del volcán y asomarse a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo.
Llegar hasta el volcán Malacara es una de esas pequeñas aventuras que empiezan mucho antes de pisar la montaña. Uno sale de Malargüe por la ruta 40 hacia el sur, deja atrás los últimos puestos con álamos y el asfalto se transforma, en cuestión de kilómetros, en una huella de tierra clara que va metiéndose entre bardas y medanales. El viento sopla del oeste y el cielo, inmenso, parece más cercano que en cualquier otro punto de la provincia. Después de pasar el puente sobre el río Colorado y un par de desvíos señalizados con painted stones, se toma un camino secundario hacia el este. En medio del trayecto, un piche cruza la huella como si supiera que uno viene a su casa: con total indiferencia. Así, casi sin aviso, aparece el paraje La Batra y, sobre una loma, la silueta del Malacara, un volcán chiquito, bajito, que a simple vista no parece gran cosa. Pero lo que guarda por dentro es lo que realmente sorprende.
Una geóloga, un campo y un descubrimiento compartido
La historia que uno se encuentra al llegar empieza hace más de dos décadas. Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, recaló en la zona a fines de los años noventa, mientras estudiaba los volcanes del sur mendocino. En 2000, acompañada por Alberto, Beto para todos los Quezada, se metió por primera vez en lo que los baqueanos llamaban simplemente las corcovas del Malacara. Aquello que parecía una formación más del paisaje resultó ser algo fuera de lo común: un volcán de tipo freatomagmático, es decir, formado por el encuentro explosivo entre el magma y el agua, posiblemente de una antigua laguna que ya no existe. Ese contacto fragmentó la lava, la alteró, y dejó como herencia las paredes amarillas, rojizas y ocres que hoy maravillan a quien las recorre.
Cuenta Corina, 58 años, que cuando volvió a Buenos Aires no podía sacarse de la cabeza lo que había visto. Dos años más tarde, en 2002, presentó sus investigaciones en Malargüe, en una jornada organizada por la Dirección de Turismo local. Mientras tanto, en el campo, los Quezada empezaron a pensar que aquel rincón podía dejar de ser un sitio de paso para los animales y transformarse en algo distinto. Así, casi sin proponérselo, comenzó una experiencia turística que hoy convocan visitas durante todo el año.
Qué se siente al caminar por dentro de un volcán
- Dos de las tres cárcavas del Malacara se recorren a pie, por pasillos naturales excavados por la erosión, donde la luz entra por arriba y el aire frío se queda quieto entre las paredes.
- Los colores de las rocas cuentan la historia del volcán: amarillo, rojo y ocre para los depósitos formados cuando el magma se encontró con el agua; negro y gris oscuro para los materiales que llegaron después, cuando la erupción ya era solo lava.
- En el recorrido se ven los depósitos volcánicos en detalle y se entiende por qué son frágiles: al tocarlos se desgranan, como arena gruesa, porque la alteración que les dio color también los debilitó.
- La caminata culmina en un mirador natural con vista hacia la laguna de Llancanelo, que se distingue a lo lejos, como una mancha brillante entre el sur mendocino.
- Los tres cráteres del volcán, ubicados en la parte alta, permanecen ocultos para el visitante que lo recorre desde abajo, por la forma del terreno y la vegetación que fue creciendo con los años.
La salida que tuve la suerte de hacer empieza temprano, cuando todavía hace frío en La Batra. Beto Quezada, ya retirado de las recorridas a caballo que durante años fueron la única manera de acceder, recibe a los visitantes con la tranquilidad de quien conoce cada piedra del lugar. La caminata, de dificultad moderada, demanda unas dos horas en total, con paradas para escuchar las explicaciones sobre el origen de las rocas y la historia del volcán. Por momentos, uno tiene la sensación de caminar por un cañón en miniatura, con paredes que se curvan y techos que se abren como bocas de luz. Hay que ir con calzado cerrado, algo de abrigo aunque sea verano, y la predisposición de entregarse al silencio del lugar.
De criar animales a recibir visitantes: el giro del campo
La transformación del predio fue de a poco. En los primeros años, los ingresos al campo se hacían a caballo, por senderos abiertos entre la vegetación. En 2006, una antigua huella construida por una empresa petrolera permitió que entrara una camioneta y, más tarde, maquinaria para mejorar el camino. Hoy el acceso es mucho más cómodo, aunque el último tramo sigue siendo de tierra. Para los Quezada, el cambio fue también cultural: pasaron de trabajar el campo con animales a administrar un atractivo turístico que atrae a geólogos, estudiantes, familias y curiosos de todo el país.
En la recorrida me llamó la atención una chica de unos veintipocos, de Buenos Aires, que no dejaba de mirar las paredes con la boca abierta. Me dijo que había estudiado geología en la facultad y que nada de lo que leyó en los libros le había servido tanto como caminar por ahí. Al volver al punto de partida, con el viento todavía soplando desde el oeste y el sol ya pegando fuerte sobre la loma, me quedó dando vueltas una idea simple: a veces, para entender la historia enorme de un lugar, alcanza con meterse adentro de un volcán chico y caminar despacio. El Malacara, visto desde afuera, parece poca cosa. Adentro, es otra cosa.
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