Siete años en el Tíbet: cuando Brad Pitt se sentó a tomar el té con el Dalai Lama y China lo tomó a mal
La película de Jean-Jacques Annaud lleva más de dos décadas en pantalla, pero su historia detrás de cámara sigue dando que hablar: prohibiciones, vetos y un regreso que nadie esperaba.
Dicen que hay amistades que cambian la vida. La de Heinrich Harrer con el Dalai Lama le cambió, como mínimo, la visa: cuando Hollywood contó esa historia en Siete años en el Tíbet, a Brad Pitt le cayeron encima nada menos que los servicios de inmigración chinos.
La película, dirigida por el francés Jean-Jacques Annaud, sigue el derrotero del alpinista austríaco Heinrich Harrer, que en 1939 deja a su esposa embarazada (sí, tal cual, con el nene en camino y el morro hacia el Himalaya) para sumarse a una expedición. El estallido de la Segunda Guerra Mundial le arruina los planes: termina prisionero y la aventura pasa de ser un capricho deportivo a una cuestión de supervivencia.
De la fuga al monasterio
Tras escapar del cautiverio, Harrer recaló en la residencia del Dalai Lama, con quien entabló una relación que es, en el fondo, el verdadero corazón de la película. El relato va mutando: arranca como una historia de cumbre y termina siendo un viaje interior, mientras en paralelo se cocina la invasión china al Tíbet.
- 1939: Harrer parte a la expedición; queda preso al estallar la Segunda Guerra.
- Tras escapar, llega a la residencia del Dalai Lama y construye un vínculo que redefine la historia.
- 1997: China prohíbe los estrenos de Sony durante todo el año como represalia.
- Pitt y Annaud reciben prohibición de ingreso al país, inicialmente de por vida.
- 2012: Annaud logra entrar y luego filma allí El último lobo.
- 2014: Pitt finalmente puede pisar suelo chino.
La moraleja, si se quiere buscar, es que ni las montañas más altas ni los gobiernos más rígidos son eternos. Las restricciones se aflojaron con los años, Annaud entró en 2012 y Pitt recién pudo cruzar la frontera china en 2014. La película, mientras tanto, sigue siendo un viaje recomendable para quienes gusten de una aventura que no termina en la cima, sino en la mesa donde se sirve el té.
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