Lo que arrastramos sin darnos cuenta a la hora de criar a nuestros hijos
Las huellas de la infancia no se borran al ser padres: reaparecen en los gritos, los límites y hasta en el cariño. Un especialista en trauma explica por qué cuesta tanto dejar atrás ciertos patrones y qué hacer cuando la propia historia se entromete en la crianza.
Llegué al consultorio de Maxi McCoubrey en una tarde cualquiera de la Ciudad de Buenos Aires con una pregunta que me viene rondando desde que tengo uso de razón periodística: por qué tantas personas repiten, casi sin querer, cosas que vivieron de chicos y juraron que jamás iban a repetir. Me abrió la puerta con la calma de quien ya escuchó esa misma pregunta decenas de veces, y enseguida me hizo entender que la respuesta no es tan sencilla como un «uno lo hace igual porque sí».
Nadie empieza a criar desde cero
«Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos», me dijo el psicólogo especialista en trauma, mientras acomodaba unos apuntes sobre el escritorio. No hace falta haber atravesado un hecho extraordinary para que esa historia se haga presente: aparece en la forma de hablar, en cómo se pone un límite, en cómo se reacciona cuando un pibe se porta mal en el super, y también en las ideas que circulan en casa sobre el éxito, el dinero y el cariño.
McCoubrey fue claro al señalar que el problema no está en repetir, porque algo siempre se repite. Lo que hay que interrumpir, sostuvo, es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. «Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida», repitió, casi como subrayando cada palabra.
Las marcas más difíciles de soltar
Mientras hablaba, fui tomando nota de lo que el especialista fue desgranando, y entendí que las huellas más resistentes no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas al día a día que uno ni siquiera las cuestiona durante años. El propio McCoubrey las agrupa en cuatro grandes familias:
- Pérdidas silenciadas: muertes, mudanzas, separaciones que en su casa nunca se nombraron y que quedaron flotando como algo innombrable.
- Violencias naturalizadas: cachetazos, gritos o castigos que en la época se vivieron como «la forma normal» de educar.
- Vergüenzas heredadas: culpas ajenas que se cargan como propias, por cosas que no le tocaron a uno pero que pesan igual.
- Mandatos que pasan de generación en generación: el «en esta familia se estudia sí o sí», el «los hombres no lloran», el «a la mujer no le hace falta trabajar».
“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Querer hacer lo contrario tampoco alcanza
Le pregunté entonces si la salida era criar en las antípodas de lo que nos tocó vivir. McCoubrey, de 54 años, me miró con una media sonrisa y fue categórico: «Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres». Así, alguien que se crió en un hogar rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración de su hijo ya es un trauma, y pasarse de blandita hasta el punto de dejarlo solo frente a cosas que todavía no puede resolver.
La clave, insistió, no está en un punto medio matemático, sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. «Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver», explicó. Esa idea me quedó dando vueltas mientras él seguía hablando, porque muchas veces uno escucha «amor» y cree que es sinónimo de no decir nunca que no.
Cómo darse cuenta de que la propia historia se entromete
Antes de irme, le pedí una pista concreta, algo que sirva de alarma en la vida cotidiana. McCoubrey mencionó algunas señales bastante reconocibles: una bronca que desborda una pavada, una preocupación extrema por cualquier cosa que le pase al chico, o la necesidad compulsiva de tener todo bajo control. Si uno se detiene y se da cuenta de que está reaccionando a algo que el pibe todavía ni hizo, probablemente la historia propia está hablando más fuerte que el presente.
Y acá vino la parte que, a mi entender, es la más humana de toda la conversación: cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse nunca. «A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto», ejemplificó el psicólogo. Me pareció una buena manera de cerrar la nota, porque cuando salí del consultorio y me tomé el colectivo de vuelta, seguía pensando que criar no es romper con la mochila de un plumazo, sino animarse a mirarla de frente, hijo por hijo, error por error.
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