El rincón alpino que Georg von Waldburg-Zeil dejó plantado en medio del bosque de Meliquina
A 40 kilómetros de San Martín de los Andes, sobre la ruta a Paso Córdoba, se levanta una pequeña capilla de madera con techo a dos aguas que parece llegada en barco desde Baviera. Es la Capilla San Jorge, la huella más visible que dejó un príncipe alemán en su estancia patagónica.
La primera vez que uno dobla por la Ruta Provincial 63 y empieza a ver el lago Meliquina, con esas aguas quietas que tiran a verde y los cerros nevados de fondo, lo último que se imagina es cruzarse con una capillita de madera con techo bien inclinado y un pequeño campanario que podría estar, sin demasiado esfuerzo, en cualquier pueblo de los Alpes bávaros. Y sin embargo aparece, escondida entre lengas, coihues y pinos, casi pidiendo que uno se detenga a mirarla en silencio. La vi hace poco, en una de esas jornadas frías y luminosas que tiene la Patagonia cuando el cielo se pone de un azul imposible, y la sensación fue exactamente esa: la de haber sido trasplantado, por un rato, a otra geografía.
El templo se llama Capilla San Jorge y está dentro de la Estancia San Jorge, la propiedad que durante décadas perteneció a Georg von Waldburg-Zeil, un príncipe alemán que eligió estas tierras del sur neuquino como lugar en el mundo. La historia cuenta, y así lo repiten los vecinos de la zona, que el noble solía trasladarse hasta San Martín de los Andes para participar de las misas en la ciudad, y que en algún momento decidió que era más práctico y más piadoso construir su propio espacio de fe dentro de la estancia. No fue una iglesia monumental: es una construcción chica, de líneas simples, pensada para un puñado de personas y para integrarse al paisaje sin gritarle. Desde Alemania, además, financió el sistema de campanas electrónicas de la Parroquia San José de San Martín de los Andes, un detalle que habla del vínculo que el príncipe mantenía con la comunidad religiosa de la zona.
Una fe con escala chica, pero con historia grande
Como la capilla está en un campo de titularidad privada, no es de libre acceso todos los días. Las celebraciones abiertas son más bien esporádicas y dependen de la Parroquia Nuestra Señora de la Vega, de San Martín de los Andes, que es la que administra los oficios cuando se realizan. Aun así, el lugar se puede visitar por fuera, caminar el perímetro, asomarse al pequeño cementerio rural que queda pegado a la construcción y, sobre todo, quedarse un rato contemplando el contraste entre esa madera oscura, las flores de la estación y el verde profundo del bosque que la rodea. Es, en el mejor sentido, una parada que vale el desvío.
La Capilla San Jorge forma parte, además, del Camino de la Fe neuquino, un recorrido de más de 800 kilómetros que une desde Ailinco, en el norte de la provincia, hasta Villa La Angostura, en el sur, enlazando capillas, Iglesias y sitios ligados a distintas tradiciones religiosas. Es uno de los tramos menos conocidos del camino, justamente por su tamaño modesto y por la sensación de hallazgo que produce llegar hasta allí sin que nadie lo haya pregonado demasiado.
- Lago Meliquina: playas de arena y piedra, aguas muy claras y propuestas de kayak, stand up paddle, kitesurf y windsurf.
- Mirador Cuatro Encantos y La Puntilla: vistas abiertas sobre el lago, la villa y las montañas que lo enmarcan.
- Ruta hacia Paso Córdoba: bosques, formaciones rocosas y varios puntos panorámicos a lo largo del camino.
- Río Caleufú: pozones y rápidos para disfrutar en jornadas de calor.
- Lago Filo Hua Hum y senderos de la zona: opciones de trekking, mountain bike y pesca deportiva dentro de la temporada habilitada.
Una jornada entera, con la capilla como punto de partida
Lo mejor de la visita, en mi experiencia, es entenderla como arranque de un día mucho más largo. Uno llega por la mañana, se toma su tiempo frente a la capillita, saca alguna foto y después sale a recorrer el resto: el lago, los miradores, los saltos y pozones del Caleufú, los senderos entre lengas. Al final de la tarde, cuando el sol empieza a bajar y las laderas se tiñen de naranja, uno vuelve a pasar por el mismo lugar y la Capilla San Jorge parece otra vez esa aparición alpina del principio, como si se negara a pasar inadvertida en medio del bosque patagónico. Para mí, justamente, ése es el verdadero sello que dejó Georg von Waldburg-Zeil en Meliquina: la idea de que la fe también puede ser un pequeño templo de madera, plantado a la orilla de la ruta, esperando al viajero con la misma paciencia con la que esperan los árboles.
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