El neurólogo que aprendió a mirar el cielo antes de subir al avión: cómo desactivar el miedo a volar
Conrado Estol propone poner en perspectiva la ansiedad de un viaje en avión con un ejercicio tan simple como abrir una aplicación de seguimiento aéreo, distinguir las turbulencias que tienen explicación meteorológica de las que aparecen con cielo despejado y, sobre todo, evitar el alcohol como supuesto calmante. Una charla para entender por qué la mente agranda un riesgo que las estadísticas achican.
Lo vi por primera vez en una consulta que no era mía. Acompañaba a un amigo que llevaba mesespostergando un viaje por miedo a volar y, mientras esperábamos en la sala, una pantalla pasaba un fragmento de una entrevista al neurólogo Conrado Estol. En la imagen, el médico hablaba con la misma calma con la que después me respondió por teléfono desde Buenos Aires: sin promesas mágicas, con datos y con una manera muy concreta de mirar el cielo que a mí, que tampoco soy fanática de las turbulencias, me cambió la forma de subir a un avión.
La anticipación empieza antes del embarque
Para Estol, hay un primer foco de ansiedad que suele quedar oculto y que nada tiene que ver con el avión en sí. Los controles en el aeropuerto, los trámites migratorios, la obsesión por llegar con margen suficiente o el propio viaje de hasta la terminal pueden quedar teñidos del mismo malestar. En esos casos, dijo, el cuerpo empieza a registrar la amenaza mucho antes de que el avión se mueva, y a esa altura la claustrofobia también puede estar mezclada en el cocktail emocional, reconoció el médico.
Sin embargo, el neurólogo aclaró que conocer las estadísticas de seguridad no alcanza para desactivar la respuesta emocional. La información convive con un miedo que, muchas veces, se construyó antes de subir a un avión y que responde más a lo desconocido que al riesgo real.
Mirar el cielo desde una app, la propuesta más curiosa
La recomendación que más me llamó la atención fue casi una invitación a mirar antes que a soportar. Estol sugirió abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y observar la cantidad de aviones que están circulando en ese mismo momento por el mundo. La idea es dimensionar el movimiento aéreo como algo cotidiano y ubicar el viaje propio dentro de un tráfico constante, no de una excepción riesgosa. Ponerle contexto a la percepción del riesgo, lo definió.
Por qué las turbulencias asustan más de lo que duran
Durante el vuelo, las sacudidas suelen concentrar lo peor de la experiencia. Estol distinguió dos grandes grupos: las turbulencias asociadas a tormentas y las que aparecen con cielo despejado. Las primeras, explicó, pueden ser anticipadas y esquivadas porque los pilotos cuentan con herramientas para identificar fenómenos meteorológicos y modificar la ruta, y los protocolos de cabina apuntan a reducir distracciones en esos momentos. Las segundas, en cambio, se producen en aire claro y son las que más sorprenden al pasajero, porque desde la ventanilla no hay nubes ni mal tiempo que las explique.
También señaló que la expectativa de duración suele inflar la inquietud. Los episodios más intensos, describió, se extienden durante segundos o, como mucho, unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa puede llegar a imaginar que la situación se prolongará durante horas. Como ejercicio de contraste, propuso reparar en los movimientos laterales que se toleran habitualmente al viajar en tren: están ahí, rara vez generan alarma y, sin embargo, en el aire se viven como una amenaza.
El alcohol, una trampa que empeora el cuadro
Antes de cortar, le pregunté por el recurso más típico: tomarse algo fuerte para tolerar el vuelo. Estol fue categórico. Desaconsejó el alcohol para sobrellevar el miedo porque, dijo, puede provocar insomnio y deshidratación y terminar empeorando la experiencia en lugar de aliviarla. Su planteo de fondo fue más amplio: la idea es que el temor no termine condicionando los viajes ni las vacaciones, porque al final lo que se pierde no es un vuelo, sino la posibilidad de elegir adónde ir.
“Mirar una aplicación de seguimiento de vuelos y reparar en cuántos aviones están en el aire al mismo tiempo ayuda a dimensionar el movimiento aéreo y a poner en contexto la percepción del riesgo.”Conrado Estol, neurólogo
Cuando colgué, miré por la ventana de mi departamento y pensé en cuántos aviones estaban cruzando el cielo en ese preciso momento. La próxima vez que me siente en un asiento del medio y la cabina empiece a temblar, prometo acordarme de Estol, de su aplicación y de los segundos, no las horas, que suelen durar las peores sacudidas.
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