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VIE, 09 OCT 2026
Vida

Dos preguntas incómodas para empezar a vivir (de verdad) la propia vida

Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio breve y, según la evidencia, eficaz: interrogar de quién es la vida que uno lleva y quién debería tener la última palabra sobre cómo se vive. La respuesta, advierte, no siempre es la que uno quiere escuchar.

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Renata KowalskiSociedad · · lectura 4 min
Dos preguntas incómodas para empezar a vivir (de verdad) la propia vida

Me acuerdo del momento en que una amiga, de 52 años, me dijo por WhatsApp que estaba pensando en dejar un trabajo que tenía desde hacía más de dos décadas. No por hartazgo, no por un sueldo mejor ni por un conflicto puntual. Lo que la frenaba, me escribió, era la sensación de que toda su rutina estaba armada alrededor de lo que habían esperado de ella cuando tenía veintipocos: la carrera que le habían sugerido, la oficina que le había quedado cómoda, el ritmo de vida que nunca había terminado de cuestionar. Yo le contesté con dos preguntas que encontré leyendo una nota sobre un filósofo de la Universidad de Emory, y ella me respondió, después de un rato largo, que la habían incomodado más que cualquier otra conversación de los últimos años. Esa incomodidad, según el especialista, suele ser la señal de que uno está empezando a mirarse de verdad.

Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Escuela de Medicina de esa universidad estadounidense, viene insistiendo hace tiempo con un ejercicio simple pero poco habitual: hacerse dos preguntas antes de tomar una decisión importante. La primera es "¿de quién es la vida que estás viviendo?", y la segunda, más filosa, es "¿quién debería determinar cómo vivís?". La primera suele tener una respuesta rápida y casi mecánica. La segunda, dice Bedzow, es la que de verdad pone a trabajar la cabeza, porque obliga a admitir que el rumbo propio no está escrito en ningún manual ni viene sellado de fábrica por la familia, los amigos o la cultura del barrio.

El peso del guión ajeno

"Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo", me imagino diciéndole a Bedzow cualquiera que haya crecido en una Argentina donde las decisiones grandes -estudiar, casarse, comprar el departamento, tener hijos- llegaron muchas veces con un libro de instrucciones implícito. Y ahí está, justamente, la trampa que el filósofo quiere desnudar: esa comodidad de tener un camino ya marcado lleva, con frecuencia, a vivir un guión ajeno sin haberlo elegido nunca en forma consciente. No es que esté mal escuchar a los demás, aclara. Recibir la perspectiva de un colega sobre una oferta laboral, o aceptar que un amigo nos cuestione una idea sobre la pareja, puede abrir los ojos a cosas que uno ni se había planteado. La diferencia, insiste Bedzow, está en quién tiene la lapicera final y desde qué criterios la está usando.

“No significa mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project
  • Perseguir metas alineadas con los valores propios se asocia con mayor esfuerzo y avance sostenido en el tiempo.
  • Las decisiones tomadas para satisfacer expectativas externas suelen tener como motor el miedo a la culpa o la presión por el estatus.
  • La autorreflexión se vuelve más afinada cuando se practica en decisiones cotidianas de bajo riesgo, antes de que aparezcan las grandes.
  • Preguntarse si lo que se busca merece ser buscado agrega un filtro ético que el deseo individual, por sí solo, no garantiza.

Detrás de este planteo hay un metanálisis de Sezer y colaboradores que revisó decenas de estudios previos y llegó a una conclusión bastante directa: las personas que orientan sus objetivos hacia sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a progresar más y a sentirse mejor con lo que les toca vivir. El contraste aparece con nitidez en quienes se mueven por mandatos parentales, por la mirada del entorno o por el temor a defraudar a alguien. La filósofa Susan Wolf, citada por el propio Bedzow, suma un ángulo que a mí me resultó especialmente atendible: el sentido de la vida no nace solo de lo que a uno se le antoja, sino de comprometerse con aquello que es, en serio, valioso. No se trata, entonces, de hacer solo lo que a uno le da ganas, sino de preguntarse además si lo que se persigue merece el esfuerzo que implica perseguirlo.

Volví a la conversación con mi amiga, que entre tanto siguió dándole vueltas al asunto. No me dijo que iba a renunciar mañana ni que hubiera encontrado una respuesta definitiva. Me dijo algo que, creo, condensa bastante bien lo que Bedzow propone: que hacerse estas dos preguntas no resuelve la vida, pero la vuelve un poco más propia. Y que, mientras uno no se las haga, difícilmente pueda distinguir qué parte de lo que vive nace de un deseo genuino y qué parte es, apenas, el eco de un mandato que vino de afuera y que nunca se animó a revisar.

RK

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