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SÁB, 26 SEPT 2026
Vida

Cuando la palabra se esconde: la trastienda del fenómeno que todos conocen

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas describe cómo se recupera un término que no sale y por qué es clave distinguir un olvido puntual de una dificultad que pide consulta.

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Renata KowalskiSociedad · 26 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Llegué al consultorio de Camila Sánchez Salinas con una pregunta que arrastro desde chico, porque me pasa cada vez más seguido: uno sabe exactamente qué quiere decir, tiene el concepto ahí, redondito, pero el nombre se escapa. ¿Qué es eso? ¿Por qué ocurre? ¿Y hasta qué punto es normal? La especialista en Neuropsicología Clínica me recibió con la calidez de quien está acostumbrada a escuchar esta queja y, antes de sentarse, me tiró una definición que me sacó de apuros: acceder a una palabra, me dijo, exige dos pasos; primero se activa el significado, después se recuperan los sonidos que permiten pronunciarla. Cuando el segundo paso se demora o se corta, aparece lo que en la jerga se conoce como punta de la lengua.

Camila tiene 38 años y una manera de explicar que parece quitarle dramatismo al asunto sin quitarle importancia. «Puede pasar a cualquier edad», me dijo mientras acomodaba unos papeles sobre el escritorio, «sobre todo con cansancio, distracción o presión». Y agregó algo que me dejó pensando: con los años el fenómeno se hace más frecuente, aunque eso no implica necesariamente haber perdido la palabra, porque a veces el término aparece minutos después, cuando uno deja de forcejear para encontrarlo.

Recursos que ayudan a retomar la idea

Lo que más me sirvió de la charla fue darme cuenta de que uno no tiene que quedarse varado esperando que la palabra vuelva sola. La licenciada Sánchez Salinas propone un menú de estrategias para esquivar el bache:

  • Buscar un sinónimo o describir aquello que se quiere nombrar para seguir adelante con la conversación.
  • Pensar en la letra inicial del término, en su utilidad o en sus características más visibles, que funcionan como pistas para recuperarlo.
  • Conversar sobre asuntos de interés y contar información con palabras propias, actividades que obligan a recuperar conocimientos, ordenar ideas y sostener la atención.
  • Disminuir las distracciones del entorno para concentrarse y no perder el hilo de lo que se está diciendo.

Esos recursos, me explicó la neuropsicóloga, no hacen magia pero permiten acercarse al término por distintas vías. Estimulan lo que ella llama fluidez verbal y, de paso, entrenan un músculo que tiende a debilitarse si uno no lo usa: el de nombrar el mundo.

Cuándo conviene consultar

“La distinción importante es entre un episodio aislado y una dificultad que se repite y complica la comunicación. Si encontrar palabras se vuelve un problema frecuente, aparecen confusiones al nombrar objetos habituales o cuesta seguir una conversación, ahí hay que sentarse a evaluarlo.”Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica

La especialista fue clara con los signos de alerta. Recomienda consultar cuando la búsqueda de palabras se vuelve un problema frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de uso cotidiano o cuando cuesta seguir el hilo de una conversación. También merecen atención, dijo, los cambios notorios en el habla que la propia persona advierte o que detectan quienes la rodean. La evaluación, en esos casos, combina lo clínico con lo neuropsicológico y apunta a comprender los síntomas para orientar diagnóstico y tratamiento. El criterio, resumió, es observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida de todos los días.

El envejecimiento no golpea parejo

Antes de irme le pregunté lo que más me preocupaba: si el paso de los años condena a quedarse cada vez con más palabras trabadas en la garganta. Camila me miró con media sonrisa y me corrigió: el envejecimiento no modifica todas las capacidades del lenguaje por igual. Puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, sí, pero la comprensión cotidiana suele conservarse. Esa distinción, me pareció, vale más que cualquier promesa de memoria prodigiosa: no se trata de que el diccionario se borre, sino de que a veces la llave se demora un poco más en girar.

Salí del consultorio con la sensación de haberme sacado un peso de encima. La próxima vez que una palabra se me esconda voy a probar con la letra inicial, con un sinónimo, con una descripción, y voy a respirar en lugar de pelearme con la punta de la lengua. Y si la cosa se vuelve repetida, ya sé a quién llamar.

RK

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