Cuando la mochila del colegio pesa más dentro de casa: cómo acompañar el estrés escolar sin transformar la rutina en una batalla
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones puede expresarse en cambios de humor, en la conducta y hasta en el cuerpo, y que la manera en que reaccionan los adultos termina marcando el modo en que los estudiantes enfrentan esas exigencias.
Todavía me acuerdo de la cara de Marita, 47 años, la mañana que me abrió la puerta de su casa en Lanús y me dijo, mientras revolvía un café con la cuchara como si le fuera la vida en eso, que ya no sabía si su hija de once años la buscaba para contarle algo del colegio o solamente para pelearse. Me acuerdo porque esa es la escena con la que empezaría cualquier crónica sobre lo que les pasa a los chicos cuando la escuela se les va de las manos: no siempre lo dicen, lo muestran. Y muchas veces lo muestran en el lugar menos pensado, que es la mesa familiar, la cena, el living, el silencio del domingo a la tarde. Lo que traje de esta nota con la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, es justamente eso: que el estrés escolar no se queda en el aula ni termina cuando suena el timbre, sino que viaja con los estudiantes hasta el hogar y se disfraza de mal humor, de barriga inflamada, de portazos, de ojos llorosos sin causa aparente. Y que los adultos somos, queramos o no, parte de esa conversación.
Lo primero que me llevo del material, antes de cualquier técnica o recomendación, es una idea de fondo que la especialista repite varias veces y que a mí me resonó especialmente: la forma en que respondemos quienes rodeamos a un estudiante pesa, y mucho, en cómo ese estudiante maneja la tensión. No es un detalle menor. Significa que la mochila no la cargan solos, aunque a veces lo parezca, y que nuestra propia temperatura emocional se vuelve parte del clima en el que ellos estudian, se frustran, se comparan y, finalmente, se rinden o se agotan. De ahí que Albers subraye dos movimientos que parecen simples y que en la vida cotidiana son cualquier cosa menos simples: hacer una pausa antes de reaccionar cuando nos cuentan una mala nota o una pelea con un compañero, y mostrar, con hechos y no solo con palabras, que pedir ayuda es algo que se puede hacer sin que el mundo se caiga encima.
El estrés no siempre se dice: se muestra
Lo segundo que quiero dejar por escrito, porque me parece de los puntos más útiles para cualquier padre, madre, abuelo, tía o vecino que conviva con un estudiante, es que la presión del colegio rara vez aparece expresada en las palabras. La psicóloga lo aclara con bastante claridad: aparecen variaciones del ánimo, aparecen dificultades de conducta que antes no estaban, y aparecen molestias físicas que el pediatra no termina de explicar. Y a todo eso se le suman dos ingredientes que ya forman parte de la vida cotidiana de cualquier adolescente de nuestra época, que son las comparaciones en redes y los mensajes que mantienen al estudiante conectado con las demandas escolares aunque haya cerrado la carpeta y apagado la computadora. Lo que en la nota aparece como conexión permanente y que en mi experiencia de lo escuché nombrar como no poder soltar el celular ni un domingo, no es un capricho generacional: es otra de las formas en que la exigencia se mete debajo de la piel.
Una ayuda concreta para ordenar el día, según Cleveland Clinic
- Revisar qué obligación requiere una resolución inmediata, qué admite una espera y qué puede delegarse o directamente quitarse del medio.
- Separar la tarea prioritaria en pasos más chicos, de modo que una demanda que parecía imposible de abordar se convierta en acciones manejables.
- Cuidar el tiempo libre y evitar el desplazamiento continuo por publicaciones en redes, que prolonga la sensación de estar bajo evaluación permanente.
- Proponer alternativas como actividades artísticas o meditación que permitan concentrarse en el presente y cortar con la rumiación escolar.
Me detengo un instante en ese último tramo porque es donde la nota deja una distinción que vale la pena repetir despacio: no toda exigencia es mala, dice Albers, ni todo estrés es enemigo del aprendizaje. Una exigencia que puede estimular es una cosa, y otra bien distinta es una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado prolongada, que es la que le roba al organismo las oportunidades de recuperarse. Y aquí aparece un dato que a mí, personalmente, me hizo ruido: la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, que es la que uno usa para manejar información en el momento, y eso dificulta recuperar lo aprendido. Traducido a la mesa de una familia argentina de cualquier barrio: un chico que estudia estresado no rinde peor porque le falte capacidad, sino porque su cabeza está paga à_property con el problema y no le queda energía libre para resolver el ejercicio. Explicárselo, cuenta la especialista, ayuda a que el estudiante entienda por qué cuidar su bienestar no es un premio ni un recreo, sino una pieza más del equipo que necesita para rendir.
“Si quien cuida también está estresado, puede mostrar cómo trabaja sobre esa dificultad y cómo busca ayuda, porque ese ejemplo también enseña.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic
Vuelvo a la escena del principio para cerrar, porque me parece que es la que mejor resume todo lo que leí y todo lo que anoté. La cara de Marita, la cuchara dando vueltas en el café, la pregunta que no terminaba de formularse del todo: ¿por qué mi hija pelea conmigo si la que tuvo un mal día en la escuela fue ella. La respuesta, o al menos una parte importante de la respuesta, no está en buscar al culpable, sino en entender que la presión se fue del colegio en el mismo morral en el que se llevó la tarea, y que en la casa todavía no sabe dónde descargar. Acompañar, según lo que plantea Cleveland Clinic, no es resolverles la vida ni sobreprotegerlos: es hacer una pausa antes de reaccionar, ordenar juntos las obligaciones en lugar de tirarlas sobre la mesa, sostener el descanso, cuidar los vínculos presenciales y, también, pedir ayuda cuando hace falta. Y sí, eso incluye a los adultos, aunque a veces cueste aceptarlo.
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