Cuando el sufrimiento no tiene dónde caer: la salud mental de chicos que el sistema no logra alcanzar
Síntomas que se multiplican, profesionales que faltan y un circuito que fragmenta a pibes y pibas entre la escuela, el hospital y la justicia. Una recorrida por lo que ven maestras, pediatras y equipos especializados en una Argentina donde pedir ayuda, muchas veces, no alcanza.
Vine a esta nota empujada por una sensación que se repite cada vez que entro a una sala de espera pediátrica del conurbano y veo a una madre con la mirada perdida sosteniéndole la mano a un chico que no para de moverse, o a una chica de catorce años que se mira los brazos con la remera bajada hasta los puños. Lo que muestran esos cuerpos, me dijo una psiquiatra infantil con la que hablé para esta nota, es apenas la punta de un iceberg que se viene formando hace años y que ahora, según coinciden los propios profesionales, está a punto de colapsar. Yo salí de esa conversación convencida de que lo que falta no son diagnósticos: faltan brazos, tiempo y un Estado que no mire para otro lado.
Lo que llega a las aulas, a las guardias y a los consultorios
Lo que llega a las aulas, a las guardias y a los consultorios
En consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un patrón que cualquier maestra o pediatra reconoce: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan, con una crudeza que desarma, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. "Acá llegan pibes que llevan cinco, seis, siete años cargando solos con cosas que ningún chico debería cargar", me dijo Mariana, 52, coordinadora de un equipo de salud mental de un hospital público de la provincia de Buenos Aires, mientras acomodaba una pila de historias clínicas sobre el escritorio. La frase me quedó sonando durante todo el viaje de regreso.
Violencia, pantallas y aprendizaje: el combo que pisa más fuerte
La violencia aparece como una de las llaves que explican buena parte de lo que después se ve en los consultorios. Las estimaciones de UNICEF son contundentes y conviene repetirlas hasta que dejen de ser una estadística y se conviertan en lo que realmente son: vidas concretas: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años; entre los varones, la proporción es de uno cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante décadas enteras. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en ningún expediente.
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva que cambió las reglas del juego. Niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a apuestas y a material que promueve conductas de riesgo, muchas veces sin que los adultos de referencia tengan la más mínima idea de lo que pasa del otro lado de la pantalla. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es un capricho generacional ni un simple hábito: en muchísimos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y eso, me insistió la psiquiatra Mariana, hay que leerlo como un grito y no como una travesura.
A ese panorama se suman los resultados de las pruebas PISA 2025, que pintan otra señal de alerta que no se puede mirar en forma aislada: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y una capacidad mínima de tolerar la frustración, que son justamente los recursos que se agotan cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia en la casa o al abandono más o menos silencioso de los grandes.
Un sistema que llega tarde, saturado y fragmentado
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, el encuentro con el sistema puede ser demoledor: servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia que ya explotó. La atención suele llegar fragmentada en mil ventanillas distintas: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, mientras tanto, queda en el medio, perdido como persona dentro de un circuito de informes, derivaciones e intervenciones que casi nunca se hablan entre sí.
Los equipos especializados son escasos, los servicios están saturados y la atención queda partida entre salud, educación y justicia, lo que hace que muchos pibes y pibas queden sin acompañamiento sostenido justo en los momentos más críticos de su vida. Es, me dijo Mariana antes de que me fuera, "como si cada uno viera una porción del mapa y nadie tuviera el mapa entero". Y la verdad, mientras volvía en el colectivo con el grabador apagado y la cabeza llena de nombres, de edades y de escenas que ya no me podía sacar de encima, pensé que esa frase, más que cualquier cifra, era lo que mejor describía lo que está pasando con la salud mental infantil en la Argentina de hoy.
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