Cuando el cielo se cierra y la sombra se estira: la vitamina D y el cuerpo que no ve el sol
Las jornadas grises y sin luz solar reabren la pregunta sobre los suplementos, pero los especialistas insisten en que la mayoría de los adultos sanos no necesita tomarlos. Ramiro Heredia, médico internista, explica quiénes sí deben prestar atención, qué riesgos trae el exceso y por qué la dieta, en muchos casos, no alcanza.
Lo vi con mis propios ojos una mañana de julio, entrando al consultorio del doctor Ramiro Heredia, médico especialista en medicina interna de la Universidad de Buenos Aires. Afuera, Buenos Aires amaneció con ese cielo bajo y plomizo que parece no terminar nunca. Adentro, él me esperaba con la cantidad de pacientes que se preocupan por la falta de sol, una inquietud que crece cada invierno y que, según me aclaró enseguida, muchas veces no necesita suplementos ni análisis ni demasiado ruido.
La escena resume de lleno el tema que me trajo hasta ahí: la vitamina D, esa sustancia que el cuerpo fabrica sobre todo cuando la piel recibe radiación ultravioleta B. El problema, obvio, es que cuando el cielo se encapota durante varios días seguidos, esa radiación baja y el organismo produce menos. Pero Heredia me lo dejó bien claro antes de que yo terminara de sentarme: no por eso hay que salir corriendo a comprar un frasco en la farmacia.
Nubes, reservas y por qué no todo déficit alarma
Resulta que las nubes filtran parte de la radiación, pero no la borran del mapa. Y el cuerpo, además, guarda reservas de vitamina D que funcionan como una especie de amortiguador para bancar las jornadas sin sol. Por eso, me explicó el especialista, varios días consecutivos de lluvia o de cielo cubierto no implican, ni de lejos, una caída significativa en los niveles. La posibilidad de desarrollar una deficiencia depende, sobre todo, de los niveles previos de cada persona, de sus antecedentes médicos y de sus condiciones generales de salud.
Los que sí tienen que mirar sus números
Le pregunté entonces a Heredia qué grupos sí deberían prestar atención. Y me los fue enumerando uno por uno, casi como pasándome una lista en la mano:
- Adultos mayores.
- Personas con obesidad.
- Pacientes con enfermedad celíaca.
- Quienes atravesaron cirugías bariátricas, internaciones o cuadros críticos.
- Personas con antecedentes de osteoporosis o fracturas.
Para todos ellos, la decisión de pedir análisis de sangre y definir un eventual tratamiento depende de una evaluación médica. No es algo automedicable ni de rutina universal.
Sanos y sin indicación: mejor no suplementar
Para el resto de las personas, las que están sanas y no pertenecen a ninguno de esos grupos, el mensaje fue directo. "Para adultos sanos sin una deficiencia documentada no existe una recomendación general de suplementación", me dijo Heredia con su tono sereno de médico que ya vio de todo. Y agregó algo que me pareció clave: el exceso también puede hacer daño. Consumir vitamina D en cantidades elevadas puede provocar toxicidad, elevar el calcio en sangre y comprometer la función renal.
Para qué sirve la vitamina D y de dónde se la saca el cuerpo
La vitamina D cumple un rol central en la absorción del calcio y el fósforo, dos minerales fundamentales para los huesos. Cuando falta de manera sostenida, puede causar osteomalacia en adultos, huesos más frágiles y un riesgo mayor de fracturas. En los chicos, una carencia marcada puede derivar en raquitismo. Además, esta vitamina interviene en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario, así que no es un tema menor.
Algo que a mí me sirve siempre repasar: la fuente principal sigue siendo la síntesis en la piel a partir del sol. La alimentación aporta, pero los huevos, los pescados grasos como el salmón y la caballa, y los yogures fortificados suelen no alcanzar para corregir una deficiencia ya instalada. Y ojo, porque Heredia también aclaró que el vínculo entre la falta de luz natural y los cambios de ánimo es un capítulo aparte que, me dijo, merece su propio tiempo.
Salí del consultorio con esa sensación de cuando uno cree que va a salir con un suplemento bajo el brazo y termina entendiendo que no. Afuera seguía el cielo cerrado de mi mañana de julio, el mismo con el que entré. Pero ahora lo miraba distinto: con menos miedo y con la tranquilidad de saber que las nubes, por suerte, no borran el sol que el cuerpo ya guardó.
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