Cinco llaves para salir del pozo del burnout, según una especialista que lleva el tema al cuerpo
La nutricionista naturópata Jessica Shand describe cómo el estrés sostenido desordena el cortisol y arruina el sueño, el ánimo y la digestión. Sus recomendaciones van de la mesa al placard del baño, con un llamado de alerta que no conviene pasar por alto.
Lo vi de cerca la semana pasada, en la redacción, mientras una colega dejaba la taza de café a medio terminar y se quejaba de que ya no dormía ni aunque se cayera agotada a la cama: una escena chica, casi doméstica, que repetida miles de veces describe a la perfección lo que la nutricionista naturópata Jessica Shand, autora de The Hormone Balance Handbook, define como agotamiento laboral. Para armar esta nota me senté a leer su planteo con calma, fui a buscarla en su bibliografía y terminé hablando con ella por videollamada, en un tramo de la conversación en el que la especialista, de 41 años, usó una imagen que me quedó dando vueltas: cuando el cuerpo vive en alerta permanente, dijo, lo paga con el descanso, la digestión y hasta el humor. Lo que sigue es lo que me llevo de ese intercambio, ordenado en cinco hábitos que, según su mirada, se pueden empezar a probar en casa, sin perder de vista que nada reemplaza la consulta médica cuando los síntomas se instalan.
Por qué el burnout no es solo estar cansado
Shand me explicó que el agotamiento que describen sus pacientes no se explica como una mera falta de sueño. El cuadro empieza cuando el estrés se vuelve sostenido y el organismo activa de manera continua la producción de cortisol, la hormona asociada a la respuesta de alerta. Cuando ese mecanismo queda encendido durante semanas o meses, el cuerpo prioriza la supervivencia y va dejando en segundo plano funciones que parecen básicas, como digerir bien, dormir profundo o mantener el equilibrio hormonal. La consecuencia es una fatiga que no se va ni siquiera después de un fin de semana largo y que se mezcla con irritabilidad, niebla mental y una sensación rara de no estar del todo presente. Esa mirada, basada en cómo las hormonas modulan lo que sentimos, es la que ordena las recomendaciones que Shand viene difundiendo en su manual.
Los cinco hábitos que propone
- Alimentación regular y bien armada: combinar proteínas completas, grasas saludables y carbohidratos complejos para evitar las caídas bruscas de glucosa que, en pleno agotamiento, profundizan la irritabilidad y la dificultad para concentrarse. Saltarse comidas o sostenerse a base de ultraprocesados suele agravar el desgaste.
- Una rutina previa al sueño que funcione como señal de corte: un baño con sales de magnesio, una infusión sin cafeína o unos minutos de escritura sirven para separar la jornada del momento de descanso. La regularidad de horarios puede pesar tanto como la cantidad de horas dormidas.
- Plantas asociadas a la relajación, como manzanilla, lavanda, toronjil y pasiflora, para integrar en la rutina nocturna, idealmente con orientación profesional.
- Adaptógenos como la albahaca sagrada y la ashwagandha, sustancias pensadas para mejorar la tolerancia al estrés, siempre con la advertencia de no automedicarse y de consultar antes a un especialista si hay embarazo, lactancia, enfermedades preexistentes o tratamientos farmacológicos en curso.
- Reconocer los propios ciclos de energía: registrar cómo varían las pulsos a lo largo del día o del mes permite ajustar las tareas más pesadas a los momentos de mayor rendimiento y reservar los bajones para actividades de menor exigencia.
Antes de cerrar, Shand insistió en un punto que me pareció clave y que vale la pena repetir: detrás de cada uno de estos hábitos hay una manera de escucharse un poco más. Reconocer los ciclos propios de energía, llevar un registro de lo que se come, de cómo se duerme y de qué tan sostenido se siente el ritmo no es un pasatiempo wellness, sino una herramienta concreta para decidir cuándo pedir ayuda. Sus recomendaciones, aclara, no reemplazan la consulta médica cuando aparecen síntomas persistentes, sino que funcionan como un piso desde el cual empezar a ordenar la rutina. A mi colega de la taza a medio terminar ya le pasé la lista por WhatsApp, y cuando terminé de escribir esta nota volví a pensar en su cara de hartazgo: la misma cara que se repite, imagino, en muchas redacciones, oficinas y casas de la Argentina que transitan el agotamiento como si fuera un estado natural del mundo del trabajo. Cinco hábitos no van a borrar de un plumazo ese paisaje, pero al menos dejan un mapa para empezar a moverse.
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